Habían transcurrido tan sólo un par de años desde que Joan Cusiné Hill embotellara su primera producción de vino en Parés Baltà cuando estalló la Guerra Civil española en 1936. Desde ese entonces, cuando vio los viñedos familiares en Pacs del Penedès convertirse en campo de aviación, hasta ahora, la industria del vino en España ha tenido una dramática transformación, al igual que la tuvieron el propio Joan, su familia y la industria del cava, que tenía en los viñedos de Cataluña al punto neurálgico de su origen.
Los albores del siglo XX se iluminaron con la estela de una industria de cava que comenzaba a proyectar sus primeras luces y empezaba a relucir con destellos de un espumoso en transición. Un sector que había iniciado su andadura en los últimos treinta años del siglo XIX, y que en los primeros tres decenios del XX empezaba a dar señas de un deslumbrante fortalecimiento que se vio impactado adversamente por las turbulentas chispas de una guerra que cobró el protagonismo en España del 1936 al 39.
En ese período se escribieron capítulos importantes para el cava, casi en silencio, a veces en la oscuridad, pero que al refulgir una nueva aurora fueron también importantes para el ascenso imparable de aquel vino espumoso elaborado con el método tradicional champañés, que celebró una victoria perdurable a largo plazo, la de signo inequívoco de identidad de la potencia vitivinícola que es España.
Las primeras burbujas de cava
A finales del siglo XIX, coincidiendo con el esplendor de la viticultura catalana, varias familias del Penedès adaptaron formalmente a la elaboración de vinos de la zona el método tradicional de segunda fermentación en botella utilizada para el champán. En 1872, Josep Raventós i Fatjó, de la casa Codorníu, elaboró las primeras botellas de cava que se comercializarían, pasos que pronto seguirían otras empresas que hoy día siguen operando, como Marqués de Monistrol, que lo inició una década después.
No tardaron mucho los productores de cava en empezar a posicionar sus espumosos de método tradicional con la imagen de más alta calidad, cosechando laudos en casa y el exterior, como fueron las medallas de bronce que recibieran durante la Exposición Universal de París de 1878 los producidos por Agustí Vilaret, que también honraron la mesa de productos catalanes que se sirvieron al rey Alfonso XII en 1877, año en que el xampán español reemplazó al champán francés en la corte española. En 1883 dejó de llamarse xampán, para denominarse vino espumoso elaborado según el método tradicional y, un poco más tarde, cava.
Pero con las primeras mieles de éxito llegaron también para el cava sus primeros retos, cuando en las postrimerías de esa década, la misma filoxera que había atacado la viña francesa favoreciendo con auge económico a los elaboradores catalanes, cruzó los Pirineos y empezó a extenderse por toda Cataluña, obligando entre 1895 y 1900 a la replantación de la viña con pies americanos injertados con las variedades deseadas, algo que, afortunadamente, permitió a los productores tener una pronta recuperación.
Ese esfuerzo de recuperación de viña, en el que se destacaron elaboradores como Manuel Raventós Domenech, de Codorníu, José Domenech Soler, de Vallformosa, o Joan Esteve Marcè, de Avinyo, se complementó con una apuesta por el método champañés en la elaboración, lo que favoreció la recuperación económica de la región.
Vendimia
Foto cortesía Codorníu
Desde su debut, el cava empezó un recorrido que enlazó su propio desarrollo a la efervescencia política que comenzaba a cuajarse dentro y fuera de territorio español, provocando el incipiente estallido de otras chispas mucho menos refrescantes.
La Guerra Hispanoamericana del 1898 despojó a España de sus últimas colonias de ultramar, con lo que el cava también perdió unos mercados con los que deseaba coquetear, habida cuenta de que algunos de los elaboradores habían forjado precisamente en las Indias las fortunas que les permitieron fundar sus empresas productoras de vino.
Pero lejos de detener su expansión, las dos décadas que sucedieron a este conflicto traumático para España, y que coincidieron con los tiempos más tumultuosos de la Primera Guerra Mundial, fueron claves en el despegue de la industria del cava y de su expansión a nivel nacional e internacional.
Con raigambre en la vid desde generaciones, muchos viticultores y elaboradores catalanes empezaron a apostar por la nueva onda de burbujas que bañaba a España.
Ya desde fines del siglo XIX Can Canals elaboraba vino espumoso para consumo familiar y, al ver la acogida que empezó a tener el cava, decide iniciar su comercialización como Canals & Nubiola a principios del XX. En 1906 se crea L’Origan, la bodega de cava más antigua de Sant Sadurní. De 1908 es la fundación como negocio familiar de la familia Parera, de Castellblanch, una de las bodegas más antiguas de las que elaboran cava en el Penedès. Los Gramona-Battle estrenaron en 1913 la producción de cava que comenzarán a comercializar en el 1921, mientras que en 1914, Joan Sala I Tubella empieza con el negocio del cava de “Casa Sala”, la primera exportadora de vinos en Sant Sadurní d’Anoia desde 1861, que posteriormente se convertiría en Freixenet. En 1915 Canals & Munné construye sus primeras cavas para elaborar vinos espumosos según el método tradicional champañés y se concluye la construcción de la nueva gran bodega modernista de Codorníu. Cavas Hill inicia su producción de cava en 1918. En el 1921 Joan Juvé Baqués elabora en cavas subterráneas de Sant Sadurní el primer vino espumoso con la marca “Juvé”. En 1924 Josep Mata Capellades empieza a elaborar algunas botellas de cava que servirán de fundamento a Cavas Recaredo. Solá Raventós lo hace en 1925 y Caves Guilera, una pequeña empresa familiar especializada en los cavas de crianza mediana-larga, en 1927.
Para los locos años 20, el cava era ya un producto con derecho propio y comenzaba su andadura para convertirse en la industria importante en que se tornó en los 60. Las décadas del 20 y el 30 fueron un período de gran expansión vinícola, con la consolidación internacional de empresas que empezaron esfuerzos mucho más formales y agresivos para colocar sus productos en mercados de Europa y América, como fue el caso de Alella Marfil (1918), de Gramona, que exportaba a Alemania, de Codorníu, que desde fines del siglo XIX lo hacía a Cuba y Argentina, o de Freixenet y Fortuny, hoy Mont-Ferrant, que en 1935 inauguraron establecimientos y constituyeron empresas en Nueva Jersey y Nueva York para comercializar sus productos en los Estados Unidos, aprovechando la coyuntura del fin de la Prohibición de alcohol en ese país.
Pero en esos mismos 20 empezaban a estallar otros tipos de chispas, que lejos de encender una celebración, surtieron un efecto acelerante de los tiempos revueltos que para España y el cava llegarían con la Guerra del 36.
Chispas de guerra
Los antecedentes de la Guerra Civil pueden remontarse al estado de desaliento en que quedó España con la perdida del imperio colonial, que sumió al pais en un vaivén politico y militar que dio inicio a un siglo XX caracterizado por la violencia como mecanismo de encarar las discrepancias sociales y políticas que distanciaban a extremos de la sociedad.
Luego de la guerra napoleónica, la monarquía española se volvió institucionalmente débil e incapaz de resolver los problemas del país, aunque dispuesta a brindar un espacio a algunos sectores sociales para enunciar las postergadas reformas que necesitaban y que otros no habían podido implantar. Las contiendas ultramarinas dejaron a la milicia desmoralizada y llena de rencor, lo que fue allanando el camino para su incursión en la política como garante del orden, aunque sin tener definida su línea ideológica.
Así, en 1923 surgió el primer pronunciamiento en muchos años, y ascendió al poder el general Miguel Primo de Rivera, contra el que el ejército no se declaró, pero tampoco se opuso. Tras duros inicios, Primo de Rivera empezó una serie de reformas que buscaban lograr la paz interna mediante la atención de inquietudes de sectores disímiles. Durante su gobierno se alcanzó un importante crecimiento económico y modernización de las infraestructuras del país. Pero a largo plazo no tuvo bases sociales de apoyo, ni tampoco un programa politico que diera solidez a sus reformas, lo que debilitó su gobierno, que finalmente perdió apoyos importantes, los del ejército y el Rey. En 1929 se estanca el progreso económico, cae la peseta, y, en 1930, también este gobernante, que moriría poco después exilado en París. Y detrás de Primo cayó el Rey Alfonso XIII, que abandonó España en 1931, cuando se inició la Segunda República y una constitución que confirió nuevos derechos a individuos y comunidades, que no fueron de la simpatía de algunos sectores de la sociedad, que buscaron ganarse el favor de la milicia, temerosa de su propia supervivencia institucional.
Construcción Caves de l'Ampurdà, hoy Castillo de Peralada
Foto coresía Castillo de Peralada
Las turbulencias políticas de inicios de los 30 no detuvieron la expansión productora de cava, y en esa década continuaron estrenándose bodegas en su elaboración. En el Ampurdán, Miguel Mateu había adquirido el conjunto monumental del Castillo de Peralada que tenía una antigua bodega, en la que en 1934 inició la elaboracion de vinos espumosos con aplicación de nuevas técnicas. En 1933 también lo hizo en Òdena Joan Vives Gibert, heredero de Can Macià, aunque la comercialización de los que hoy forman parte de la historia de Bohigas empezara tan sólo en el 1936. Igual sucedió con Celler Cooperatiu d’Artes Artium, que fundada en el 1908, construyó su actual edificio en 1935 y un lustro más tarde comenzaría a elaborar cava.
De esos tiempos es también el Estatuto del Vino, adoptado por el gobierno republicano en 1932 con el fin de regular la producción y el mercado del vino, fijando normas para su elaboración, conservación y crianza, y sanciones para quienes incurrieran en prácticas que no se permitían. El Estatuto creo el Instituto Nacional del Vino y reconoció a 28 denominaciones de origen de vino en España.
En estos años se empiezan a radicalizar en España tanto derecha como izquierda, y con las coaliciones de sectores del centro y derecha se suspendieron reformas anteriores y vinieron manifestaciones de descontento popular, que acalló con represión el ejército, provocando una mayor polarización ideológica de la sociedad. Las elecciones del 36 vieron unirse a socialistas, comunistas y republicanos de izquierda en un Frente Popular que venció al Frente Nacional, pero propició un mayor distanciamiento y radicalización entre izquierda y derecha, que dio paso a un crecimiento notable del ala derechista y a asesinatos de líderes de ambos bandos. Se había empezado a cuajar un golpe de estado militar y con apoyos civiles, que por no haber tenido éxito uniforme en todo el territorio, daría paso a un conflicto bélico nacional.
Burbujeante territorio
Aunque hoy día la elaboración del cava no se circunscribe a Cataluña, con varias zonas de La Rioja, el Levante o Extremadura, formando parte de la Denominación de Origen Cava, es en tierras catalanas donde se concentra la producción del cava en España, igual que sucedía para la década del 1930. En concreto, el Penedès albergaba la mayoría de las bodegas que elaboraban cava, o aunque lo hicieran con posterioridad, ya se habían fundado y elaboraban vino en aquel entonces.
A pesar de tener también algunas viñas en montaña, la del Penedès es, en general, una topografía plana y poco accidentada aunque protegida por una cordillera costera con ramificaciones de relativamente poca altitud. Ya desde los inicios del cava, Sant Sadurní d’Anoia se había convertido en la capital de la producción, con una situación privilegida y tierras planas y abundantes de agua, lo que aceleró su prosperidad. La viña se había desarrollado gracias a la demanda del mercado americano y luego de superar la crisis de la filoxera, consolida al cava como industria y motor de la economía local.
Pero en la atribulada época de división nacional, Cataluña adquirió protagonismo, no sólo por ser enclave importante del bando republicano, sino porque en octubre de 1936 Manuel Azaña, presidente de la República, se traslada a Barcelona para fijar allí su residencia, y con él también a la comunidad catalana muchos asuntos y sesiones de gobierno. Ante este escenario, esta comunidad mediterránea se convertiría en blanco crucial de la contienda entre republicanos y nacionalistas, y un importante objetivo estratégico del Frente Nacional que empujó forzadamente al cava al frente de guerra.
Se descorcha la contienda
El estallido formal de la contienda militar en julio de 1936 representó para la industria del cava un muro pétreo que detuvo inexorablemente el ritmo con que ésta había venido avanzando desde finales del siglo XIX. Bombardeos, daños a la viña, persecuciones políticas, carencia de suministros, expropiaciones y un impacto detrimental a las ventas fueron tan sólo algunos de enemigos a los que tuvieron que enfrentarse las burbujas, también en combate.
Con el abierto inicio del conflicto bélico, botelleros, viñas, o pupitres tuvieron que sobrevivir a abundantes bombardeos, como fue el caso de los de Blanes, un municipio que hasta el fin de la Guerra perteneció al bando republicano, y donde ubicaba Caves Mont-Ferrant. Otros, cedieron su espacio a cuarteles o campos de aviación. Aunque hubo bodegas cuyas viñas o estructuras no sufrieron mayores percances, como fue el caso de Codorníu, otras como Bohigas, en Òdena, o Loxarel, en Vilafranca, que hoy elabora cava aunque entonces no, sufrieron confiscaciones para convertir las casas de las fincas en cuarteles militares y de vigilancia. En el caso de esta última, según relata Jordi Casanovas Bohigas, su iglesia fue convertida en gallinero y palomar. Caves de l’Empordà, hoy Castillo de Perelada, que a la sazón sí elaboraba cava, también vivió su expropiación por el Comité Obrero de Control.
“Las cavas fueron incautadas a la familia Raventós, propietarios de Codorníu, y “colectivizadas” por el gobierno catalán del momento, cuyo equivalente a "Ministro del Interior" era el señor Terradellas, quien posteriormente se convertiría en presidente de la Generalitat en el exilio y el primero de la democracia española”, relata Juan José De Castro, quien tiempo después se convertiría en Director Técnico de esa bodega.
Aunque para muchos todo el proceso de elaboración quedó totalmente paralizado, algunas bodegas continuaron elaborando cava con menor intensidad, mayor o menor dificultad, y otras se estrenaron en el esfuerzo en plena contienda, como fue el caso de Vallformosa, que vio nacer sus primeras botellas de cava en 1938, luego de que José Doménech Torné recuperara la masía familiar que les ocuparan durante la Guerra.
Añadiendo licor de tiraje
Foto cortesía Caves Mont-Ferrant
“Rodolphe Bourlon, director de cavas de Fortuny, tuvo que irse a Francia por cuestiones políticas, pero su hijo René continuó como enólogo y su esposa, Berta Bouzy, estuvo a cargo de las bodegas por lo que nunca dejó de haber producción”, señala Mireia Ruiz, de Caves Mont-Ferrant. Codorníu fue otra productora que también prosiguió elaborando con relativa normalidad, y Can Nadal tampoco dejó de cultiva viña ni elaborar, incluso habiéndosele expropiado parte de la finca para fines de aviación.
Supervivientes a la filoxera gracias al esfuerzo e inversión de las replantaciones de cepas autóctonas con pie americano, la Guerra Civil representó un segundo escollo para las viñas, muchas de las cuales fueron víctimas del conflicto, aunque no necesariamente en igual grado. Muchas fincas elaboraban vino con uvas propias. Algunas, como Parés Baltà, Can Nadal o Loxarel, vieron arrancar sus viñedos para transformarse en campos de aviación. Otras en pendiente o montaña, como Mont-Ferrant, corrieron mejor suerte. Y algunas, como las de Codorníu, “sólo sufrieron un relativo abandono, pero no daños irreparables, que yo sepa”, indica De Castro.

Vendimia
Foto cortesía Caves Mont-Ferrant
Prensado de uva
Foto cortesía Caves Mont-Ferrant
El suministro de uva fue un reto durante el período, ya que al cese temporal de producción en algunas fincas, se le añadió la escasez de mano de obra motivada por el conflicto.
Otro desafío que produjo no pocos dolores de cabeza a los elaboradores de cava fue la carestía de azúcar, a raíz del racionamiento de guerra anunciando en enero de 1937 en Barcelona. “El azúcar para las segundas fermentaciones se conseguía de estraperlo y aún así había que irlo a buscar, a veces bajo las bombas, con un burro y un carro a Vilafranca, desde Sant Sadurní. Estos viajes los realizaban los hoy miembros de la cuarta generación de Gramona, que con apenas quince años ya trabajaban en la bodega. En esta época, el principal centro de elaboración era el Celler Batlle (1881), y los tirajes de cava los realizaban Esperanza, ya fallecida, y Bartolomé, en la bodeguita de la calle Sant Josep, ayudando el adolescente Josep Lluís, hoy Presidente, removiendo en los toneles”, comenta Xavier Gramona, co-propietario de Gramona.
El sector corchero, con base importantísima en Cataluña, y que había visto en los primeros años del siglo una transformación de una industria artesanal a una industrialmente mecanizada en la que el corcho diversificó sus potenciales usos más allá del tapón de botella, sufrió también una crisis y, contrario a lo que sucedió luego de la filoxera, cuando se replantaron viñedos con alcornoques, durante la Guerra Civil optó por talar muchas héctareas de éstos para su conversión en carbón, mucho mejor pagado en aquellos tiempos.
“Las botellas se almacenaban en los primeros túneles excavados en la actual cava, con la suerte de que cuando ésta fue requisada por los republicanos para instalar sus comedores, la familia estuvo a tiempo de llenar la bodega de tanta suciedad, que las rimas subterráneas no llegaron a ser detectadas”, añade Gramona. Activos como botellas, aperos y muebles también fueron saqueados en ese período, sin contar con el vino y el cava que se confiscó en algunas bodegas.
Y es que a pesar de ser la Guerra Civil un conflicto nacional ---a diferencia del enfrentamiento entre países que durante las guerras mundiales convirtió al champán y al vino francés en botín de guerra---- el cava también fue en cierta forma objeto de saqueo en algunas bodegas. En Bohigas confiscaron unas 40 mil botellas de cava para trasladarlas a una gran bodega del sector requisado. En Codorníu negociaron con botellas para exportaciones, sobre todo a Inglaterra, aunque un miembro de la familia Raventós luego pudo recuperar alguna partida y reenviarla a la bodega concluido el conflicto.
Esto, a pesar de que en aquel entonces el valor que se otorgaba al cava se distanciaba del champán. Para la Guerra, Champagne, como apelación, tenía un prestigio igual o mayor que el que ostenta ahora. Mientras, el cava aún no había consolidado una denominación de origen que reforzara en percepción su imagen, ya que para ese entonces ni siquiera existía la DO Cava como tal.
Pero ante las circunstancias del momento, en las que incluso era difícil hallar que comer, y curiosamente llegó a utilizarse el vino como alimento para suministrar calorías, el cava era un lujo aristocrático. Para muchos, las ventas de cava quedaron reducidas al mínimo, incluso a cero, y se dedicaron más a la producción de vino. Además, los hombres en edad activa, estaban en el frente de combate. “Fueron años penosos, en los que un producto como el entonces “Xampaña de Cava” no tenía salida, no habiendo nada que celebrar. Salíamos además de una larga noche provocada por el crack económico del marco, principal mercado de Gramona en los años veinte” detalla su co-propietario.
Para algunas bodegas, como Codorníu, el de exportación fue casi el único mercado existente en esos años, pero para otras fueron los mercados regionales y nacionales los que las mantuvieron a flote. “Se intentaron mantener los mercados externos, aunque debido al conflicto bélico se redujeron las exportaciones”, dice Juan José De Castro. Esto fue un duro golpe para algunas empresas, como Freixenet y Mont-Ferrant, que vieron venirse abajo los objetivos de crecimiento internacional que habían iniciado en el 1935 con el establecimiento de una oficinas en los Estados Unidos, truncándose con la guerra sus proyectos de expansión comercial.
Para otras, como Bach, las consecuencias fueron más funestas pues algunos de sus integrantes murieron. Y es que, aunque a algunos propietarios, como los Raventós, que tuvieron que exilarse para salvar sus vidas, se les persiguió por su orientación política, a otros “se les supuso orientación política por el mero hecho de ser propietarios. Mis tíos abuelos fueron fusilados en la misma finca junto al capataz”, recuerda Casanovas Bohigas.
Bourlon, el director técnico durante la Guerra Civil, era un hombre liberal, que simpatizaba con la República española. Pero “a més a més” era cónsul honorario de Francia, y este hecho le permitió proteger las cavas de Mont-Ferrant contra la violencia y el saqueo. Acabada la guerra, la dictadura le expulsa del país y debe regresar a Francia.
La crianza de vinos de cava de calidad, exige una serie de factores como una temperatura estable, una penumbra total, y una ausencia de ruido y vibraciones, lo que hace de las cavas subterráneas el lugar idóneo para desarrollar el proceso. Esto fue relevante durante la Guerra, ya que hubo cavas que sirvieron de refugio a la población civil contra los ataques de la aviación franquista.
Así la historia vinícola se enlaza con la civil, ya que algunos bodegueros trascendieron su rol de custodios de cava, para ejercer de protectores de vidas humanas. Uno de ellos fue Berta Bouzy, esposa de Bourlon, quien con bondad, pero también con firmeza, compromiso y valentía, durante la Guerra asumió la dirección de Mont-Ferrant, facilitando la conversión de las cavas en un refugio seguro para la protección de la población civil. El cava denominado Berta Bouzy honra su gesta. Otro cava con raíces en la guerra es el Brut Nature Refugi 1936, que inspira su nombre del refugio antiaéreo que el gobierno republicano construyó en 1936 en Masía Can Mayol (Caves Loxarel), y que la bodega aún conserva.
Burbujas de la posguerra
En enero de 1939 caen Tarragona y Barcelona, con lo que se derrumba el frente republicano. Gerona caerá un mes más tarde y, en abril, se emite el último parte de guerra.
La recuperación de la viña para lograr nuevas producciones fue lenta, costosa y compleja en los casos en que ésta se perdió durante la contienda. Se intentaron reparar rápidamente los destrozos para recuperar la normalidad lo antes posible. Donde el impacto no fue tan grande, se mimó con mayores cuidados agrícolas. Algunas bodegas tuvieron que replantar casi todo su terreno, y para hacerlo incluso tuvieron que vender patrimonio para sufragarlo.
Igualmente tuvieron que rehacer marcas u optar por empezar con nuevos nombres, en detrimento de aquellas etiquetas con las que el mercado de la pre guerra se había familiarizado. Éste fue el caso de Bohigas, que en el 1939 reinició su producción bajo el nombre de Bohigas, en lugar del de Can Macià, con que designaba antes sus cavas.
Poner la casa en pie fue otra tarea de la posguerra, como hizo Berta Bouzy, o sucedió en Codorníu en donde las instalaciones fueron dinamitadas con motivo de la retirada del ejército republicano, pero hubo la fortuna de que, con las primeras voladuras, las botellas de cava que explotaron ejercieron un efecto extintor de las mechas restantes, lo que sólo produjo una destrucción parcial, que afectó a la estructura de construcción de dos subterráneos y la explosión de bastantes miles de botellas en elaboración.
Para otros, el levantarse fue quizás un poco más complejo, ya que tuvieron que recuperar las propiedades donde habían ubicado las bodegas y de donde sus familias habían sido expulsadas. “A mi abuela la expropiaron con un bebé de meses, sufrió mucho, pero en pocos años pudo volver a tener su finca, sus viñedos en plena producción y la casa arreglada”, rememora Teresa Nin, de Caves Loxarel.
Los racionamientos de la posguerra continuaron afectando adversamente la elaboración de cava, para la cual continuarán existiendo muchas dificultades en la obtención de materias primas, como fue el azúcar. En el 1945, Celler Mestres elaboró el primer cava al que no se le añadió azúcar luego del degüelle.
Mujeres trabajando luego de la Guerra Civil
Foto cortesía Castillo de Peralada
Algo interesante es que algunas bodegas que elaboraban vino tranquilo, comenzaron a elaborar cava en los años que sucedieron a la contienda. Una de ellas fue Celler Cooperatiu d’Artes Artium que hacia el 1940 lanzó al mercado sus primeras botellas de cava, convirtiéndose en la primera cooperativa productora de cava en España. En esa década se forja también como marca Gramona, el "champán" de la posguerra. Y Montau de Sadurní pasa de los vinos a granel a iniciar una elaboración experimental de cava, que no dura mucho tiempo, pero se vuelve a retomar a principios de la década del 1980, junto con vinos de calidad embotellados.
Uno de los que curiosamente tuvo mayor repercusión fue Freixenet, que justo en el 1941 lanzó el cava Carta Nevada, que se convertiría en uno de los productos estrella de todos los tiempos, y que pervive hasta hoy, cuando la empresa es líder en la producción mundial de espumosos elaborados con método tradicional.
Otras, como Castillo de Peralada (Caves de l’Empordà), decidieron emprender una expansión de sus facilidades que dio pie al reinicio de procesos de elaboración de espumosos, que a partir de 1942 contarían con un espumoso rosado, que tuvo una excelente acogida en el mercado, y un seguidor singular, Salvador Dalí, quien, a pesar de declararse abstemio, siempre lo ofrecía a sus invitados.
Pero a la par que la industria del cava pretendía levantarse de la contienda nacional que dividió a España, tenía que luchar en otro frente, el de la Segunda Guerra Mundial, que si bien supuso la paralización del mercado europeo del vino, también indirectamente presentó oportunidades para llenar el hueco que el champán francés no pudo ocupar en estos años en que la guerra se vertió sobre el vino.
De hecho, champanes franceses ya consagrados como Moët & Chandon o Veuve-Clicquot no tuvieron tanta suerte porque los alemanes arrasaron sus existencias, lo que fue beneficioso para algunas casas de cava. “Gramona vivió, entre 1945 y 1950, entre otras cosas, del embotellado de “Xampan” de estas marcas, de las que todavía conservamos los sellos, los tapones y las etiquetas originales que nos mandaban desde Francia”, recuenta Xavier Gramona.
Mont-Ferrant, entonces propiedad de Fortuny, fue una de las bodegas que ante la imposibilidad de importar vinos de Champagne, decidió comprar uvas macabeo y xarel-lo en el Alto Ampurdán, donde, contrario a los vinos del Penedès, las plantaciones en feixes, es decir, terraplenes o bancales, exponen a la viña a una menor insolación, lo que confiere una similitud al territorio de Champagne, con un clima más fresco.
Sólo a partir de los años cincuenta el cava empezó a recuperar una relativa normalidad, que alcanzó un cénit en las décadas del sesenta y setenta, cuando pudo realmente hablarse de una consolidación de la producción de cava, de la mano de una evolución tecnológica, de impactos enológicos.
Cavas Codorníu
Foto cortesía Codorníu
Burbujeantes lecciones
Un concepto relacionado al de denominación de origen para el cava nace en septiembre del 1959, pero es sólo en 1972 que se constituye un Consejo Regulador de Vinos Espumosos. En 1986 el cava se designa como vino espumoso de calidad producido en una determinada zona productora, y en 1991 se aprueba un reglamento como denominación, constituyéndose su primer Consejo Regulador en 1993, bajo las disposiciones de la Unión Europea.
Al igual que el rémuage que permite que las partículas sólidas vayan depositándose en el cuello de la botella de un cava para ser luego eliminadas de modo que las burbujas puedan expresar su esplendor, los tiempos revueltos de la Guerra Civil española, revolcaron a la industria, para hacerla resurgir más firme y más transparente, de cara al porvenir.
El sector cava sin duda salió fortalecido de aquel turbulento período, en el que con burbujeante artillería venció el afán de superación ante la adversidad cualquiera fuese su origen, perfeccionando al sector casi como a un Gran Reserva. “De aquella época nos quedó el recurso a la picaresca primero, es decir, la capacidad de sobrevivir a boicots y otras plagas, y con el tiempo, la sobriedad y el respeto por el trabajo bien hecho, que no tiene fronteras y sobrevive a las más duras épocas de la historia”, resume el co-propietario de Gramona.
Viñedo de Parés Baltà convertido en campo de aviación durante la Guerra Civil
Foto cortesía Parés Baltà
Y es que en un mundo donde se asignan cifras a la valoración de las características organolépticas de un vino, o al costo de su elaboración, hay que empezar a buscar en éste las experiencias humanas y culturales que le confieren un licor de expedición único, una tradición, incapaz de cuantificarse o crearse mecánicamente. Beber cava es también valorar el sabor de su historia, de una tradición, una experiencia a la que es muy difícil asignar una puntuación. Después de los tiempos revueltos, las burbujas del cava deben saber a tesón, a compromiso, a un esfuerzo de generaciones, y son una celebración a la lucha, la persistencia, y a un compromiso común e inquebrantable con el vino, generación, tras generación.
Hoy, en 2008, setenta años después del conflicto, varias generaciones de Cusiné siguen velando la finca de viñas que en 1936 el patriarca Joan vio convertida en campo de aviación.
Por: Rosa María González Lamas
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