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Pero con lo que el aún joven personaje no contaba era que su padre enfermara, obligándole a regresar al Douro para hacerse en parte cargo del negocio familiar. Esto le llevó a ir reforzando poco a poco sus vínculos con el territorio y las vides de familia, al punto que a en las postrimerías de los 1980s y poco antes de su 40 cumpleaños determinó dejar de lado su trabajo como ingeniero civil para dedicarse a tiempo completo a ser el ingeniero que erigiese la nueva estructura de negocio destinada a transformar la herencia familiar en una nueva era de la que saldría uno de los más sólidos proyectos de vino en la región.

Para hacerlo primero asegurar la materia prima. Los setenta que marcaron una etapa de más oferta que demanda en el vino, había empujado a la emigración rural en busca de mejores horizontes económicos, lo que llevó a que los pequeños productores dividieran sus terrenos, contribuyendo a una fragmentación que hizo que fuera cada vez más difícil traspasar el amor por la tierra a las siguientes generaciones. Por ello muchos se desligaron del territorio, abandonando o vendiendo sus tierras.

Domingos hizo todo lo contrario, lejos de vender, se dedicó a adquirir todas las fincas de familia para evitar que cayeran en manos ajenas al Douro, concentrando la propiedad en un sólo dueño, él, para así fortalecer el patrimonio familiar.

Lo segundo, ¿por qué sólo vender uva o por qué sólo fortificado? Eso fue lo que se planteó cuando los ochenta rozaban los noventa y atento también a cambios en la Unión Europea que permitieron envejecer vinos en el propio Douro y no sólo exclusivamente en Vila Nova de Gaia, percibió la posibilidad de edificar un proyecto de vinos en la quinta familiar. Quizás por la visión desprejuiciada que siempre ofrece el venir de disciplinas distintas a la de la ejecución, el bodeguero hizo del limón una limonada y cuando la crisis de fines de los ochenta arreció entre los fortificados fue uno de los primeros en identificar el potencial de los vinos tranquilos como recurso comercial, poniendo manos a la obra para subirse al tren con la firmeza con que se asentaban las obras de ingeniería que antaño le habían sido tan próximas.

Así nació Alves de Sousa, el apellido que es nombre y más que sólo Gaivosa, con una A que tiene la ventaja de ser la primera letra del abecedario, también la categoría de clasificación de las mejores viñas en la región, el calificativo de sobresaliente y el deber de marcar el inicio de un nuevo y reluciente sendero, no sólo en la familia, sino en el vino portugués.

Pero como no sólo de buenos deseos se hace un negocio, Domingos Alves de Sousa decidió emprender una nueva carrera a sus cuarenta años, estudiando en universidades portuguesas y yéndose a Burdeos a aprender cómo elaborar aquellos vinos a los que vislumbraba tanto potencial. En ese esfuerzo también buscó la sapiencia y experiencia de otros grandes nombres del vino nacional que le ayudaron a poner enológica y comercialmente en marcha su nuevo proyecto.

Pronto comenzarían a ver la luz los vinos y también a resonar el altavoz de su calidad. Primero un blanco de 1991 comercializado en 1992, poca producción a la que luego siguieron otros, y bastante pronto también las distinciones, como la de Productor de Vino del Año, cuyo esfuerzo le ha valido merecerla más de una vez.

En esto ha tenido un equipo de logros que ha sabido consolidar sus logros en equipo y coloreando el retrato de familia del blanco y negro al sepia y luego al tecnicolor. Una familia que hace posible la elaboración y el trabajo en bodega y que en sus miembros destaca el respeto con que los Alves de Sousa tratan a todo quien por allí pulula y la responsabilidad con que se maneja el oficio, pero también la familia de sangre que ha ido acompañando a Domingos en todos los emprendimientos.

Domingos Alves de Sousa y Tiago Alves

Foto: Revista de Vinhos

Porque contrario a lo acontecido en la autobiografía de Domingos, la quinta generación de los Alves no sólo residió en la Quinta da Gaivosa, sino que no hizo ascos a lo del relevo generacional. Más bien todo lo contrario. El cuarteto de hijos está involucrado en la operación de la bodega y uno de ellos, Tiago --- quien siempre tuvo claro que su misión era la del vino y se incorporó de lleno en la bodega en 2002---, es quien hoy lleva la enología de la casa con un respeto reverencial por la tierra y su tradición. Admirador de su padre, que describe como su referente, Tiago ha tenido una excepcional formación académica en enología recibida tanto en Italia como en Portugal que le ha permitido llevar su quehacer cotidiano en la bodega familiar con un equilibrio de conocimiento técnico, intuición y respeto por la tradición y su entorno, tareas que comparte con su trabajo como profesor universitario y asesor para otras empresas del sector.

Bodega y viñas

 

Envuelta por la fragancia de la lavanda y el romero se halla la casa familiar en la Quinta da Gaivosa, De color mostaza y casi enclavada en la roca, para muchos es como una casa de familia extendida que, antes de ser bodega, es casa de todos, por la buena sintonía que hay no sólo entre el equipo de trabajo, sino entre ellos y aquéllos que la visitan. Un hilo que hilvana la costura que une a la casa de familia con la casa del vino.

Pero pronto aquella casa familiar que era a las veces residencia y bodega se quedó pequeña, pasándose del mostaza al negro de una nueva estructura construida en 2015 con materiales regionales como el esquisto, con el objetivo de facilitar la elaboración en lo que es el centro de producción de la familia.

Rectilínea y minimalista, la nueva y moderna bodega es negra y de mayor tamaño, y una declaración de intenciones sobre el futuro de los vinos de Alves de Sousa que encierra las distintas etapas de elaboración de manera tan sencilla y pulcra como innovadora. Porque Tiago no sólo tiene ingenio para el vino, sino también para crear las piezas que facilitan o perfeccionan su sendero hacia la botella.

Se inicia desde arriba para utilizar la gravedad al máximo. Cubos que funcionan como cámaras refrigeradas en los que se acomoda viña a viña la uva de viña vieja, para dejarla en ellos estrujada, pero con el frío evitando el arranque de la fermentación y tapas previniendo la visita de los mosquitos. Una máquina para estrujar la uva para vino de Oporto diseñada por Tiago, concebida pensando no para un Oporto “genérico”, sino para el estilo de Oporto que elabora la bodega y las viñas viejas de donde proceden las uvas. Una reinterpretación del vino de Oporto del siglo XXI con tradición y control que halla en el laboratorio de Tiago un verdadero enjambre de muestras para ir conociendo el sendero del vino.

También hay prensas para vino y un mecanismo de pisa de uva que graba los parámetros más adecuados para que luego el proceso se realice de manera consistente. Y una vez el vino está listo, se fortifica ahí mismo para luego pasar a las barricas.

Un techo acristalado revela la sala de barricas en un nivel inferior, con un amplio espectro de tamaños, tostados, usos y orígenes con los que se logran un verdadero juego de intenciones, que rema también apostando por el bâtonnage en la crianza del vino, que no.está pensando para permanecer demasiado tiempo en contacto con la madera, sino más en botella.

El tipo de botella se escoge según el vino al que estará destinada, pero todas tienen un número de serie para la trazabilidad. La bodega mantiene una línea de embotellado propia, no sólo para un mejor control, sino también para dar trabajo a la gente de la región, que en muchos sitios pasa de largo ante los camiones embotelladores nómadas que han adoptado muchas bodegas. Alves de Sousa apuesta por el corcho portugués y, antes de salir al mercado, las botellas se lavan antes de rotular y encapsular.

Pero nada de esto llegaría a su destino sin una buena base en la viña, que fue a lo que primero puso atención Domingos Alves de Sousa cuando decidió sacar adelante un proyecto de elaboración en la Quinta da Gaivosa y se aseguró de comprar las otras parcelas de familia y alguna más. Porque una de las enseñas de la casa es que sus vinos se elaboran íntegramente con uva propia, procedente de un terroir diversificado que brinda la oportunidad de sacar partido al potencial de nuevos conceptos, aromas y sabores.

Hoy son seis las quintas de las que se surten las uvas, ubicadas en las subregiones de Baixo y Cima Corgo. La quinta eje es, por supuesto, la Quinta da Gaivosa, columna vertebral de los Alves de Sousa y de muchos de sus vinos más memorables. Después están la Quinta de Alveleira, la Quinta das Caldas que perteneció a la Ferreirinha, la Quinta da Estação, la Quinta da Vale da Raposa contigua a Gaivosa, y la célebre Quinta da Oliveirinha, que sí está a la vera del río Douro y es una quinta histórica, con viñas con la más alta calificación, que Domingos compró en 2007 a unos familiares que la poseían.

Este conjunto de quintas se extiende por unas 140 hectáreas y su gran atractivo es la diversidad que enriquece las posibilidades del vino con distintos microclimas, suelos, altitudes y exposiciones. Pero a esas bondades que ofrece la madre naturaleza, hay que añadir una visión de futuro, de ahí que la bodega esté preparando las viñas del mañana con selección policlonal y viticultura sustentable, recuperación de variedades autóctonas, y compromiso con las viñas tradicionales.

Un equipo de seis personas se encarga del manejo de las viñas, que se han ido adecuado con la filosofía que guía las viñas viejas, pero con manejos modernos y hasta experimentales que respondan a los retos climáticos y humanos de nuestros tiempos. Así, por ejemplo, se han plantado de manera ordenada en la pendiente de la viña nuevas cepas siguiendo el concepto de field blend, uno de los estandartes de la viña en el Douro. Una especie de nuevas viñas viejas. Por supuesto, en suelos de esquisto que caracterizan a la región.

Los vinos de Alves de Sousa no son biológicos, pero la bodega sí maneja viña y bodega de manera sostenible.

Los vinos

 

Dicen en bodega que cuando el timbre del teléfono comenzó a sonar con mayor frecuencia pidiendo el vino, se supo que algo especial había acontecido y así fue. El Domingos Alves de Sousa Reserva Pessoal acababa de ser seleccionado mejor tinto de Portugal en la competencia Top 10 Wines de Essência do Vinho en 2025. Pero quizás más que alegrarse por la selección, lo que más llamó la atención de las trompetas de victoria fue que era el segundo año consecutivo en que uno de los vinos de la bodega se alzaba con tan codiciado galardón, ya que en 2024 el Memórias Domingo Alves de Sousa también había sido escogido mejor tinto en el mismo concurso.

La verdad es que es una hazaña que no debería de sorprender a nadie porque los Alves de Sousa ha venido erigiendo con solidez y consistencia su reserva personal de vinos desde que en 1991 Domingos elaborara su primer blanco de la Quinta Vale da Raposa, estableciendo una filosofía de trabajo que busca reflejar en botella los valores de la familia y el origen, pero con visión de futuro, una línea de elaboración única y personal de abordar la producción de vino, reflejando la personalidad y orígenes como familia y del Douro.

Nacido de la experimentación con distintas variedades, para ese primer blanco Domingos Alves de Sousa escogió las que mejor permitiera hacer vinos con Denominación de Origen Douro.

Aparte de los bautizados como Alves de Sousa, las líneas de vino van en sincronía con las quintas que ensamblan el rompecabezas de la bodega. Y tras aquel blanco de la Raposa, en 1994 llegó el primer tinto, pero de la casa madre, la Quinta da Gaivosa.

Fuera de los Alves de Sousa, que enmarcan la línea más personal de elaboración, las otras quintas marcan las líneas de vino que elabora la bodega que, como trazos que delinea la marca, saca los vinos al mercado cuando realmente están listos y no por la obligación de sacar nuevas añadas todos los años. Otra enseña de la casa es el juego con distintos tipos de roble, incluido el portugués, que parece vivir un boom. La bodega elabora como conjunto unas 300 mil botellas al año.

Es la botella 1259 de las 2400 envasadas de un tinto fino y complejo. Tanto que pocos días antes de que le catara Viajes & Vinos un jurado internacional de profesionales del vino le escogió como mejor tinto de Portugal, una decisión sin discrepancias de todo aquel quien le probase.

Una complejidad espectacular en nariz, donde hay una coreografía de notas a sándalo, incienso, algo de cera, mucha guinda en licor, muchos recuerdos a monte bajo, un punto salino, algo de pastel de nata, fruta prolija, todo con gran sutileza, como pinceladas, pero, sobre todo, con una boca sorprendente por la sensación electrificante que deja en el paladar. Reina el equilibrio, la fineza, el terciopelo en boca, que luego da paso a algún tono tostado y torrefacto, manteniendo esa persistencia electrificante que inunda toda la boca. Es el Domingo Alves de Sousa Reserva Pessoal de 2015, una saga vínica cuya cosecha fundacional fue la de 1997 y que desde entonces se ha elaborado exclusivamente en años excepcionales. Nace en una viña vieja de la Quinta da Gaivosa, más de ocho décadas de entremezclarse las variedades de uva, Touriga Nacional, Tinta Amarela, Touriga Franca, Tinto Cão y otras más, entretejidas en un vino que pasa 24 meses envejeciéndose en barricas de roble francés de tercer uso, y luego se envasa para pasar al menos cinco años más en botella antes de que vea la luz en las estanterías. Siete años en los que va cocinándose la elegancia de la paciencia, y que aún tiene la posibilidad de perdurar aún más.

Pocas, pero algunas más que ese Reserva Pessoal, se envasan del Alves de Sousa Memórias, una especie de reserva especial que integra vino de varias añadas que casi se elabora como solera jerezana y tan bien aderezado que un año antes de la victoria del Reserva Pessoal, también fue elegido mejor tinto de Portugal. Queda en familia y en cada una de las barricas donde se va vertiendo el vino, años diversos que se van escogiendo, se separa un poco del vino y, si es bueno, se vierte en una barrica que ya está haciendo crianza para ese vino del que se elaboran unas cuatro mil botellas. En nariz matices a guinda en licor, un punto de ciruela, un final especiado a nuez moscada, tonos terrosos, algo de champiñón, finura, incluso más que el Reserva Pessoal tras un tiempo en copa, con un enorme equilibrio, redondez y elegancia, a pesar de una mayor sensación alcohólica, un reto en tiempos de calentamiento global, que también ha traído maduraciones más tempranas y rápidas en la región.

Tan sólido como fino es el Rosa Celeste, un rosado premium de guarda que honra con su nombre y adjetivo a María Celeste, la abuela de Tiago, y del que sólo se elaboran 1,600 botellas. El vino aspira a tener tan larga vida como esa abuela, paradigma de las mujeres que tenían que hacerse cargo de la casa y tareas cuando los hombres no estaban, con capacidad de mostrarse tan fuertes como ellos, pero también con un halo de finura.

De color asalmonado, desde la nariz se muestra ya como un rosado serio, de esos rosados de invierno de fragancia compleja, con reminiscencias a su contacto con la madera, y algunos tonos especiados, a talco, notas florales que luego dan paso a notas frutales con deje tropical, como un delicado fondo de piña, litchi y parcha, que en su añada 2021 muestran un vino tan intenso como fino, muy largo y complejo, con un punto cítrico en su final de boca.

El vino es un ensamblaje de 30% Touriga Nacional y 70% Tinto Cão que envejece en durante 12 meses en barricas de roble francés (60% de las cuales son barricas de 225 y 300 litros de segundo año y el restante 40% es barrica nueva de 500 litros, donde realizan bâtonnage). El Rosa Celeste también utiliza el roble portugués, una madera que aporta frescura y ligereza, ayudando a que se minimice el tiempo que el vino pasa en barrica para lograr el perfil deseado.

El roble portugués está cobrando atención en Portugal por ser más denso y menos poroso que el roble francés, lo que permite un menor paso de oxígeno a la barrica y le hace apto para largas crianzas sin que dominen las notas de la madera, pero añadiendo un carácter más transparente y único al vino. Funciona bien con variedades de uva con mayor cantidad de taninos.

 Con los de la Quinta da Gaivosa ---bandera de la bodega--- se estrenó Alves de Sousa en la elaboración de tintos estableciendo con el paso del tiempo dos vertientes a esa línea. Por un lado los vinos más frescos y finos, y, por otra, los vinos más portentosos, con más estructura y músculo, eslabonados por esa vocación de largo envejecimiento en botella.

El Quinta da Gaivosa Branco se proyectó como un blanco suculento, bien redondo y con final cítrico. Su contraparte tinta, bandera de la casa, Quinta da Gaivosa Tinto procede de viñas de más de 80 años, incluido un field blend de uvas sin identificar, que se somete a una crianza de hasta 20 meses en roble francés de segundo uso. Su añada 2021 arrastra en nariz recuerdos a fruta sanguínea, abundante cereza, frambuesa fresca, montebajo, hierbas, un punto yodado y delicados tonos torrefactos a sutil café tostado. Con 13.5% de alcohol en boca se muestra super equilibrado, sin aristas, con taninos bien domados y un pase fino por el paladar.

En Gaivosa hay una viña con un microclima especial y con cepas muy viejas de unos 80 años hasta centenarias en lo alto de la Quinta, Lordelo, la viña más antigua de la casa con más de 30 variedades de uva entre las que destacan la Touriga Nacional, la Tinta Amarela, la Malvasía Preta, entre más, y que es lo suficientemente diversa como para ameritar un embotellado separado. Así surgió el Quinta da Gaivosa Vinha de Lordelo, un vino con mayor concentración y mucha elegancia, que destaca por la complejidad de sus aromas que pasan por la cereza, la jalea de frutas de baya, el cedro, un sutil matiz a café instantáneo, algo de tomillo y romero, con una gran redondez en el paladar, donde termina con un final delicadamente especiado y con un retrogusto amargo que envuelve luego con frescura y salinidad. En su añada 2021 el vino es muy largo y super elegante, con realce de la fruta y los tostados, siendo un vino de taninos pulidos y sin aristas.

Otro de los tintos icónicos de Alves de Sousa es Abandonado, el primer vino con que Tiago dejó bien establecida su impronta como elaborador, y que nace en una viña muy vieja y alta que un vecino tenía abandonada y Alves de Sousa compró. Reviviéndola intentó reemplazar con viña nueva alguna vieja inservible, pero el viento y exposición solar a los que condicionaba la altitud lo hizo misión casi imposible, así que le decisión fue mantener sólo la viña vieja. No vieja, muy vieja, también más de 80 años y más de una veintena de variedades entremezcladas, que producen con muy bajos rendimientos, pero gran calidad. Una viña donde el esquisto aparece horizontal, impidiendo que la raíz de la cepa penetre la piedra y pueda nutrirse del suelo. Así que de ahí nació un vino de parcela que se ha convertido en vino de culto que se hace sólo de cuando en vez. 

Pero aunque Alves de Sousa haya incursionado en el mundo de los vinos de mesa en su plataforma de lanzamiento, sigue elaborando los vinos de Oporto con los que se vinculó la familia en sus inicios en el vino, que ha ganado fama por sus vinos de Oporto blancos, que acostumbran elaborar a la usanza de los tawnies.

De viña también vieja con 70 años y mezcla de variedades el Quinta da Gaivosa 10 Yr. White, un blanco añejado por una década en recipientes de madera con muchos usos, y que ejemplifica la importancia del equilibrio entre azúcar y acidez a la hora de elaborar vinos con azúcar residual. Este arrastra recuerdos de melocotón, pero no se muestra empalagoso en nariz, donde aparecen recuerdos especiados a jengibre y cítricos a gominola de limón. Un vino muy fresco, de boca envolvente y final largo, en un malabarismo entre lo seco y lo dulce.

En línea con los vinos de Oporto más tradicionales el Quinta da Gaivosa 20 Yr., el más antiguo de la casa, elaborado con uvas excelentes que incluso en ocasiones se venden a otras casas de vino de la región. Más vieja vieja, 20 años de añejamiento en promedio en envases de madera vieja, y una nariz y boca increíbles, con recuerdos a cáscara de cítricos, una pizca de canela, algún chocolate, más especiados, miel, toffee, un fin tostado, todo con un pase por boca sutil, fino, muy largo y persistente.

Pero quizás el más cotizado de la casa es probablemente el Amphitheatrum by Quinta da Gaivosa, un vino de Oporto de parcela, una viña con cepas de hasta 120 años, extendida por una especie de anfiteatro natural en la viña, la de Lordelo, y que nació de la singularidad y esplendor de la añada 2020, una cosecha desafiante a lo largo de su ciclo vegetativo que hizo que en vendimia se perdiera mucha uva. Pero esa pérdida se compensó con una calidad excepcional, con concentración e intensidad de azúcares aromas, acidez inusuales que elevaron el nivel alcohólico a los 25 grados, entregado un Oporto vintage, con concentración y equilibrio, directamente en la viña, tal cual había sucedido justo dos siglos antes, con la añada 1820.

Así nació en la 2020 el Amphiteatrum, un Vintage Port de culto, con aromas frutales de gran pureza y golosidad, recuerdos a aceituna, grafito, tinta china, fruta madura, ciruela, un punto torrefacto de chocolate, eucalipto, redondez en boca y una textura densa, pero fresca. Una joya que la bodega cree puede durar más de un siglo en botella antes de abrirse y que acaba de estrenar su añada 2021.

Además de los que elabora en la Quinta da Gaivosa, Alves de Sousa es también reconocida por sus Oportos de la Quinta da Oliveirinha, en la margen derecha del Douro, y que fue su incursión en la subregión de Cima Corgo, a la que dedicaron casi una década de estudio para entenderla mejor. En Oliveirinha también elaboran vinos tranquilos.

Los proyectos de Alves de Sousa tienen un gran compromiso con la sostenibilidad como plataforma para durar, y la empresa ha formado parte de los esfuerzos de divulgación de The Porto Protocol, que buscaba crear conciencia sobre sustentabilidad y cambio climático.

Pocas semejanzas entre la fisionomía de Domingos y su hijo Tiago, pero idéntica imagen en el vino, que busca que los Alves de Sousa se mantengan en una cima tan alta como los casi 500 metros de altitud que sitúan a Gaivosa, entre el grupo con cima en el amplio Douro.

 

18 de agosto de 2025. Todos los derechos reservados ©

 

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Es imposible perderse para llegar a Alves de Sousa. Su Quinta da Gaivosa está ahí, no demasiado distante de Peso da Régua, a derecha o a izquierda según la dirección en que recorras la carretera, pero tan bien incrustada en el verde de las viñas y la pizarra gris que, aunque se quiera permanecer indiferente, no puede pasarse por alto en las rutas sinuosas de un Douro más occidental y de interior, donde la montaña no pierde su pendiente, pero la cercanía al cuerpo fluvial vertebrador de la región es más distante que vecina.

No puede pasarse por alto. Porque son tantos los premios que acumulan sus botellas que hacen obligatoria una parada en esta bodega familiar para conocer los secretos de por qué tanta distinción.

Y no podía ignorarse porque la Gaivosa estaba ahí, como una piedra con imán en el camino de los Alves de Sousa, un tropiezo obligado incluso para  quien quiso distanciarse de allí.

Allí es el Baixo Corgo, la más occidental de las subregiones durienses, un espacio protegido por la Serra do Marão, zona de transición entre el Douro litoral y el Alto Douro que, gracias a tener una de las mayores altitudes en Portugal, protege al territorio de la humedad y sal que procede del mar, creando un microclima con más acceso al agua y donde todo se desarrolla más lento, un conjunto de circunstancias que permite una amplia gama de estilos de elaboración de vino que, antes de Domingos, los Alves de Sousa no sabían potenciar.

El bisabuelo de Domingos ya andaba entre medio de uvas igual que su abuelo, y el hijo de éste, su padre, quien vendía a alguno de los grandes productores de vino de Oporto en la región. En ese relevo generacional, lo normal habría sido que el batón se pasara a Domingos, como tercera generación de vitivinicultores, pero el caballero que se llamaba casi como el séptimo o el primer día de la semana, no se veía tentado a asumir esa responsabilidad, por lo que decidió buscar nuevos rumbos estudiando ingeniería. Esto no quiso decir que se desentendiera de la Quinta de Gaivosa y de su familia, sino simplemente que optó por no hacer del vino su actividad principal.

ALVES DE SOUSA: el nuevo viejo Douro

 

Texto: Rosa María González Lamas. Fotos: Viajes & Vinos, Alves de Sousa, Revista de Vinhos/A Essência ©