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Cultura del vino para quienes no quieren vivirlo "light"

Carballal de Sande, albariño del Miño

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Ubicado en el Concello de Arbo, Sande es un poblado pequeño. Tanto que José María, una especie de cuidador de la finca, repasa de memoria las casas y habitantes del pueblo. Poco a poco llega a los 30 y pico, sin contra las yeguas, viñas y otros pobladores que dan forma a la villa. Carballal, que en galego es un monte de robles, da nombre a la única bodega en Sande, aunque en esta diminuta villa haya más viticultores.

Con el apellido, de Sande, Carballal es un bodega pequeña y artesanal que se alza en una colina y no produce más de diez mil botellas de albariños elegantes y minerales. Esta última es tal vez la cualidad más relevante que le confiere su proximidad al río Miño y que distingue a los Rías Baixas de la zona de O Condado, que quizás se asemeja más a los alvarinhos de la zona de Vinhos Verdes en Portugal que a los del propio Valle del Salnés.

Paradigma del minifundio que caracteriza la viticultura gallega, las viñas en propiedad de Carballal de Sande apenas alcanzan una hectárea de parras de albariño. Se miran en pendiente, colocadas en terrazas cara al sur, en dirección al Miño, enmarcadas en un jardín de suelo arenoso y rico en materia orgánica, pintado de verde y de flores de su cubierta vegetal, y adornado con palmeras, camelios, magnolios y, sobre todo, eucaliptos.

Todo ese ecosistema aporta a la viña, aunque quizás la mayor influencia sea la buena ventilación que le confiere su ubicación, y que contribuye a una óptima sanidad de las uvas. Los vientos evitan las nieblas que propenden a la botritis, una podredumbre casi inexistente en esta viña respetuosa con el medio ambiente, que no emplea fertilizantes ni químicos en su cuidado, pero sí se guía de las lunas para algunas de sus tareas en viña y bodega, como la poda, influida por la biodinámica.

La palabra que describe la labor de Carballal de Sande es colleiteiro, descriptivo del pequeño productor, el cosechero que elabora con uva casi siempre de sus propias viñas. En esa poco menos de una hectárea que rodea la casa, hay viñas más jóvenes y otras que pueden llegar a las cuatro décadas. El abono es de yeguas que hay en casa y las cepas producen rendimientos menores por hectárea que los autorizados por el Consejo Regulador. Son de los últimos en realizar vendimia en la denominación de origen Rías Baixas, que siempre realizan de forma manual y, gracias a esa buena ventilación, entrega uvas en buen estado sanitario.

Sobre la viña se elevan dos pequeños edificios conectados por un pequeño puente de madera. Uno, el espacio donde se encuentran las oficinas, y el otro, la cocina de la casa, y la pequeña bodega.

Un gran tonel y antiguos equipos de sulfatar adornan la entrada de ese espacio de elaboración, un territorio dominado por Susana Troncoso, la bodeguera, lista, currante y determinada, para quien no parece haber un no se puede o no se hace, sino tan solo el apasionante deseo de aprender y poder que absorbió de manera casi autodidacta, a pesar de que en su casa se hacía vino para consumo doméstico.

Con esas típicas mejillas rosadas que muchas veces pinta el frío, de hacer vino para otros aprendió en Carballal de Sande, donde lo mismo atiende la viña que los depósitos o embotella y etiqueta  las botellas una a una, todo gracias a su poder de observación y al deseo de aprender y hacerlo lo mejor posible. Su maestro en gran medida es Pablo Estévez, enólogo consultor de la bodega, quien dicta la pauta para que Susana lo mantenga todo en control.

La bodega es pequeña pero con lo necesario bien dispuesto, ordenado y, sobre todo, limpísimo, secreto de muchos buenos haceres. Sólo depósitos de acero inoxidable, prensas hidráulicas tipo champán para hacer mejores y más cuidadas extracciones de mosto, dos prensadas por día a ritmo lento para poder extraer más cosas de la albariño.

Todo es próximo en este espacio que exuda también la cercanía de lo familiar, con una vocación de acogida y de superarse en cada sorbo.

La silueta de las botellas, con reminiscencias de botellas de grandes tintos, anticipa el estilo que puede encontrarse dentro de unas botellas que comenzaron a salir de bodega en 2007, y que apuestan por la paciencia y mayores reposos en botella para pulir mejor al vino en copa. Es, un buen indicio del deseo de la bodega de hacer cosas diferentes y posicionarse con una identidad singular.

Quizás se disfrutan mejor admirando la vista de esa pequeña viña de parrales. Cuatro etiquetas en total, reflejo del suelo y la subzona de O Condado, vinos atlánticos sin estar en la costa, con un evidente carácter mineral, acidez amable y estructura de cuerpo y en boca conviviendo con elegancia. Un savoir faire de terruño, en pequeña dimensión.

La piedra angular de la casa es Carballal de Sande, un 100% albariño que tras un cuidado prensado, larga fermentación en inox con levaduras naturales, reposó adecuadamente en botella para entregar en su añada 2016 un vino de color brillante y matices más austeros en nariz donde se destacaron a prima facie unos marcados anisados y tonos minerales a delicado talco, que luego dieron paso a tonos de manzana y otros más tropicales como el maracuyá. Su acidez en boca es amable, destacando por su salinidad, buena estructura y untuosidad en el paladar.

Otra dimensión de las posibilidades de la albariño en un mismo pequeño trozo de tierra es Carballal de Sande Lías, un vino que nace en las cepas más viejas de la viña, con unos 40 años, que luego tardan en modelarse entre tres a cuatro meses durante los que se realiza bastoneo de las lías, según la añada. El vino se vinifica de manera bastante similar al anterior, y luego se embotella en el mes de junio de la siguiente cosecha, siempre en día flor, para luego pasar tres meses más en botella. Una labor de paciencia que en nariz fue una explosión de silex, reflejo del suelo, que también se reveló en notas a humo y tiza, además de mostrar discretos mentolados y matices a fruta de hueso, eucalipto, jengibre y pimienta blanca, para terminar en un punto especiado. Su boca fue elegante y fina, reverberante en la punta de la lengua que luego se abrió a una gran salinidad.

Besta Roxa era el apodo de la casa familiar del propietario en la Ribeira Sacra, un nombre hilvanado con la yeguada y que en su cosecha 2016 reveló aromas a manzana asada y membrillo, con una nariz más semejante al perfil colectivo de los vinos de albariño, pero una boca más en línea con otras etiquetas de la bodega, caracterizadas por su elegancia y moderado volumen. Sin realizar maloláctica, los vinos de la bodega son naturalmente más amables en materia de acidez.

La fórmula en exclusiva del albariño cede paso a una etiqueta de ensamblaje, Altreigo, un acrónimo y una suma de al-bariño (50%), trei-xadura (30%) y go-dello (20%), de las que algunas uvas se compran a viticultores vecinos. Las variedades se fermentan todas juntas, tras lo cual el vino también reposa brevemente en sus lías. De su cosecha 2016 destacan una vez más en nariz los recuerdos a humo y salinos, pero también con matices florales a manzanilla, frutas de hueso, anisados, mentolados y eucalipto. A pesar de mantener un cuerpo más bien ligero y de ser más chispeante que untuoso, en boca es goloso, envolvente y afrutado, siguiendo la línea de la bodega de vinos más discretos y muy elegantes, con amable acidez.

Pero quizás más que lo que ya hay, lo importante en Carballal de Sande es lo que la bodega vislumbra para su futuro, cimentado en la diversificación de su oferta y un crecimiento en la producción. Para esto último construye un pequeño túnel que conecta con el exterior, en el que espera colocar el producto terminado, ampliando el espacio de almacenaje, pero también de disfrute, porque contempla dotarlo de un espacio para catas.

Junto con ese crecimiento de volúmenes la bodega no descarta elaborar algún tinto, pero quizás lo más importante es la apuesta que contempla en materia de enoturismo, para lo cual construye un pequeño alojamiento rural, donde los visitantes puedan pernoctar y disfrutar no solo los vinos y el espacio de Carballal de Sande, sino deactividades como cabalgatas, y otras que les acerquen a la amplitud de la region de O Condado. Todo, por supuesto, con un sazón atento y femenino, con gallegas al timón.

 

14 de abril de 2018. Todos los derechos reservados ©

 

 

 

 

Ahí está, perenne en su rumor del Río Deva, chocando con los ecos del río Miño y la frontera portuguesa con Arbo en las Rías Baixas donde el susurro de las aguas se enlaza invisible con el perfume de mujer.

Eso de que las féminas están en un segundo plano no es tan certero en Rías Baixas donde tantas damas están al timón del vino y en poco lugares como en Carballal de Sande prácticamente en control, con Susana, Gemma y Esther componiendo un verdadero triunvirato de albariño.

No habría sido posible si Manuel Pérez no les hubiera otorgado la confianza de velar por su bodega y sus vides. Curiosa apuesta en blanco, porque el bodeguero es oriundo de la tierra de mencías que es la Ribeira Sacra, con preferencia, confiesa, por la oferta de vinos tintos. Pero un día en 2005, regresando de un tema laboral en Portugal, pasó por ese poblado fronterizo con emblema de lampreas que es Arbo, y Sande y su Carballal se entremetieron en su camino para permanecer en él. Vio la casa y bodega, que estaban en venta, y sucumbió a la tentación de adquirirlas para emprender un sendero de blancos a orillas del Miño. Fue así como nació Carballal de Sande, conocida por las siglas CdeS que bautizan a algunas de sus botellas blancas, ese color que él dice le gusta para disfrutar en copa en las mañanas.

Rosa Maria Gonzalez Lamas. Fotos: Viajes & Vinos y Facebook Carballal de Sande (C)