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Clunia: extremos de la Ribera

 

Texto: Rosa María González Lamas. Fotos: Viajes & Vinos y Suministradas (C)

 

Y dentro de las viñas se plantaron diversas variedades de vid, unas en línea más tradicional con lo que se acostumbra a ver en el territorio, y otras más rompedoras y arriesgadas, como quizás en su principio fue la apuesta por la altitud que luego se ha vuelto norma en la nueva hornada de vinos de la Ribera del Duero.

 

Así, gracias a la libertad que daba el estar en Ribera del Duero, pero no amparados por la DO Ribera del Duero, se plantaron Tempranillo, Syrah, Albillo y otras variedades como la Cabernet Sauvignon y la Merlot. Pero éstas dos últimas, que tan bien se desempeñan en otras zonas de la gran Ribera del Duero, no lograron aclimatarse al entorno complicado y de altitud de los viñedos de Clunia. Así que se determinó arrancar las cepas de estas variedades y reinjertarlas.

Albillo es lo más tradicional de lo menos tradicional. Una variedad autóctona de la zona que, más que en solitario, antes se empleaba para sazonar vinos de tempranillo, aportando untuosidad y volumen, y equilibrando el vino con su compensada acidez. Por eso escaseaban los blancos monocasta de esta variedad, aunque algunas bodegas sí la elaboraban así, aunque amparadas en los Vinos de la Tierra de Castilla y León hasta que la DO Ribera del Duero la aceptó en 2019.

 

Una de las que lo hacía era Clunia que, por este motivo, se situaba con su albillo entre las pioneras blancas del territorio del río Duero. Las de la bodega se cultivan en una finca a mil metros de altitud, con suelos calizos con muchas arenas y arcillas que ayudan a moldear su concentración y tipicidad. El vino se elabora exclusivamente con mosto flor, sin prensarse. Luego fermenta en barricas de roble francés de 500 litros, en las que permanece por unos cinco meses.

Esa conjunción de factores hace que el Clunia Albillo 2018 destaque por su equilibrio entre la frescura que confiere la altitud y las notas de su contacto con la madera. Es un blanco muy fresco, que recuerda a muchos blancos del Douro portugués, un abrazo de bancales con la planicie castellana. Los recuerdos a fruta de hueso y tonos cítricos se revelan de entrada en este blanco que también deja entrever puntos de tiza, manzanilla y sutiles notas de suave toffee y mantequilla, que van haciéndose algo más evidentes, siempre con delicadeza, a medida que el vino se oxigena en copa. Su boca es muy fresca, con un delicado punto meloso conviviendo con un final salino, una pizca especiada, en un final persistente y un retrogusto con un punto de amargor.

 

Más afincada en el territorio se halla la Syrah, que ya forma parte de la radiografía de no pocas etiquetas que se elaboran por Castilla y León, por ser una variedad que se entiende bien con la Tempranillo, insignia del Duero. Menos habitual es ver la Syrah embotellada como monovarietal, algo que con el Clunia Syrah convierte a la bodega en pionera en la región.

 

Pero la suma de ambas y ese terroir singular donde crecen se llama Tesela by Clunia, un tinto que ensambla Tempranillo y Syrah y que en su añada 2018 es una verdadera bomba de fruta. Aromas a frambuesa, jugo de fresa, frutas y flores azules y hasta recuerdos a melocotón y toffee se engarzan con tonos tostados, torrefactos y especiados en un vino de cuerpo medio y densa textura, muy afrutado, y tan potente como pulido, sedoso, salino y fresco, con un retrogusto especiado a nuez moscada.

Las parcelas de las que se obtienen las Tempranillo y Syrah están a entre 900 y mil metros de altitud, con suelos franco arcillo arenosos de baja fertilidad, que limitan su producción y crecimiento. El vino realiza maceración pre-fermentativa, luego fermenta con levaduras autóctonas seleccionadas en el viñedo, hasta envejecer seis meses en barricas de roble francés de 225 litros.

Tan bien se dan las Tempranillos y Syrah en los viñedos de Clunia que las viñas fallidas de Merlot y Cabernet Sauvignon se reinjertaron con las primeras dos variedades. Pero no todas. Porque de incógnito, Pablo Pávez, enólogo de la bodega, pensando que había ciertas similitudes entre el terroir “clúnico” y el mendocino, también reinjertó algunas con Malbec y con Pinot Noir, sin que nadie lo supiese. De este modo sorprendió en su propia empresa cuando empezó a ver el potencial de la Malbec y la Pinot Noir a la hora de vinificar.

Así nacieron dos nuevas etiquetas en Clunia, Clunia Malbec y Clunia Pinot Noir. La primera, apostando por una variedad que alguna bodega utiliza como parte del ensamblaje de sus etiquetas, pero casi ninguna en franca independencia. Y la segunda, todo un atrevimiento en Ribera donde apenas sí hay quien la elabore en solitario, delineando un incuestionable signo de distinción.

 

El Clunia Malbec 2018 es un tinto concentrado, muy mineral y de enorme complejidad aromática. De color púrpura profundo, destaca por sus aromas a tinta china, a frutos azules, balsámicos, enebro, sorprendiendo por los matices, pero en la versión que se expresan en otros vinos y destilados. Los caramelos y toffees trasladan a su expresión en rones añejos y a coñac. Las almendras recuerdan no a la barrica de roble, sino a las almendras que aparecen en algunos vinos de Oporto con resquicios de frutos secos e higos, lo que aporta una gran singularidad organoléptica. En boca dominan la fruta jugosa y madura y las especias con tonos a canela o nuez moscada. Es denso y goloso, con buen volumen y textura, pero también taninos sedosos, con tanta estructura como elegancia, pero también frescura por su buena acidez, lo que le hilvana de forma balanceada su fruta intensa, los matices de crianza, y la aportación del terroir, terminando todo con moderada persistencia.

 

Las Malbec para este vino se cultivan a entre 970 y mil metros de altitud y, como en otros proyectos, las uvas se preservan en cámaras de frío a temperaturas de semicongelación para romper las células de la piel y mejorar la extracción durante la maceración pre-fermentativa y la fermentación. Tras esto se someten a una triple selección antes de vinificarse. Se escogen en viña, luego se hace selección de racimos en la mesa de selección y por último selección en la mesa vibratoria, lo que permite eliminar todas las partes verdes. Las uvas fermentan en depósitos de acero inoxidable y luego realizan maloláctica y crianza durante 15 meses en barricas de roble francés.

 

Más sui generis es el Clunia Pinot Noir 2019, a partir de una variedad bien adaptada a climas fríos, lo que la hace idónea para los terruños de Clunia, situados a entre 900 y mil metros de altitud. En el territorio ribereño hay que quitarse el marco de referencia de otros Pinot Noirs del mundo, porque éste no es un Pinot Noir al uso, sino que más bien hay que ir con la mente abierta, para ver qué tiene este vino de Pinot Noir y qué tiene del territorio donde nace.

 

Más discreto en aromas que otras etiquetas de la bodega, es un vino muy fresco, a momentos con más matices a mosto que a vino. Tinto afrutado sin exuberancias y un punto floral, incluso con recuerdos aromáticos a melocotón maduro, de la Ribera tiene marcas de fábrica como los aromas a regaliz y enebro, que anteceden a notas especiadas a pimienta y nuez moscada. Es de cuerpo ligero y bastante pulido, y tiene un pase untuoso por el paladar, donde se percibe con marcada acidez. Un vino del que apenas se elaboraron 1800 botellas y que fermenta en depósitos de acero inoxidable y tiene un breve paso por madera, con el objetivo de preservar la fruta.

 

Junto con estas etiquetas más singulares, otras dos de Tempranillo en exclusiva: Clunia Tempranillo y un excepcional Finca El Rincón, un vino de una parcela de poco más de 2 hectáreas en clima extremo, que tiene una estancia más larga en madera, lo que le aporta mayor complejidad y excelente potencial de guarda. Éste y los restantes vinos de Clunia tienen una gran aptitud gastronómica.

 

Bodegas Clunia tiene unas 70 hectáreas de viña, de las que solo hay plantadas unas veinte, que esperan irse incrementando paulatinamente a medida que se va entendiendo mejor el terreno. La bodega participa en un proyecto de investigación que persigue mejorar la calidad del viñedo, especialmente sus suelos. Esto incluye una innovadora línea de investigación sobre biodiversidad microbiológica (microbioma) en el manejo de los suelos, en un entorno de viñedo inteligente que se apoya en sistemas de gestión de metadatos, implantando métodos big data y creación de algoritmos, con el fin de mejorar el manejo de los suelos de forma más sostenible y precisa, como manera de combatir el cambio climático y de contribuir aún más a la excelencia del vino.

 

 

14 de octubre de 2021. Todos los derechos reservados ©

 

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Altos, extremos y pioneros. Los viñedos de Clunia se sitúan a entre 900 y 1,100 metros en la provincia de Burgos, algo que quizás sea tendencia hoy día  ---sobre todo de cara a los avatares del cambio climático---, pero era de avanzada en la década de 1990 cuando la bodega boutique empezó a elaborar sus vinos, aunque no fue hasta 2016 que estrenó una estructura propia de bodega para potenciar este proyecto.

 

Ese entorno hostil de tierras altas, pedregosas y ariscas, rodeadas de sierras que envían sus vientos sobre la meseta castellana, se plantó a la medida, con el objetivo de sacar partido a las virtudes del extremo, pues el objetivo de Bodegas Clunia era elaborar vinos de altísima calidad y marcado carácter en un clima hostil. Pocos, cuando empezaron a plantarse los viñedos en la década de 1990, creían en el potencial de aquel terruño único a tal altitud sobre el nivel del mar. Veranos duros y calor abrasador, inviernos extremos y vientos gélidos y marcadas amplitudes térmicas forjan un microclima especial regido por suelos calizos, con buen drenaje y presencia de arcillas, arenas y rocas calizas que enmarca la producción en que la viña sufre, pero también muestra los mejores frutos de su supervivencia con vinos muy aromáticos, bien estructurados, frescos, redondos y elegantes.

 

En esencia son Riberas aunque no sean Riberas. Tampoco es Galicia aunque por medio haya una Coruña. ¡Pero si Coruña está al norte y esto está en el corazón de la Península! Es que no se trata de la Coruña atlántica, sino de la castellana. No la que está al borde del mar sino la que se sitúa en la meseta entre castillos de Castilla.

 

Castilla La Vieja, como se le decía antaño, tan vieja como cuando no era aún Castilla, pero sí romana. Porque Clounioq, que así se llamaba la ciudad antes de convertirse en Clunia, fue una de las más importantes de Hispania en tiempos romanos, antes de que Burgos fuera Burgos, la provincia donde ubica.

 

Con una economía basada en la agricultura y la ganadería, amén de ---gracias a su ubicación---  ser un importante centro administrativo del Imperio, Clunia era una próspera ciudad romana, tan importante que incluso llego a acuñar monedas con la efigie del emperador y grandes funcionarios de la ciudad. Pero su magnificencia de los siglos I y II se fue al traste siglos después y así, de aquel esplendor, hoy apenas queda un yacimiento arqueológico con un foro, un teatro, unas termas o restos de una basílica, que, afortunadamente, pueden visitarse al haber sido declarado el emplazamiento monumento nacional.

 

Cerca de allí es Coruña, la castellana Coruña del Conde, ese lugar que al crearse la DO Ribera del Duero su alcalde olvidó inscribir, dejándola al margen de los municipios pertenecientes a esta denominación de origen, con lo cual los vinos que en ese lugar se elaboren tienen que ampararse con la indicación geográfica protegida de Vinos de la Tierra de Castilla y León. Eso, no obstante, no ha borrado el carácter ribereño al territorio ni ha sido óbice para que al desamparo denominacional se puedan elaborar grandes vinos al amparo castellano leonés.

 

Porque si el yacimiento romano es monumento nacional, monumento también es el proyecto de vinos que, con el tiempo, en Coruña del Conde, y no lejos del legado romano, tomó el nombre de Clunia para crear un yacimiento de botellas en una ubicación inhóspita con altitud.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

eyoago f

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