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¿Cuánta tierra cabe en una botella de vino? Toda. Tanta como la que abrace la historia, el tiempo, la amistad, los sueños, las uvas, el arte, pero sobre todo la tierra inconmensurable del Douro portugués transformada en oro líquido.

Dorado, como el color que a veces adquiere el río divino, es casi el tono de las paredes de esa pequeña casita ocre con techo en pendiente que sobresale al atardecer en Favaios. De dimensiones visibles casi como de casa de muñecas, en realidad esa morada de vino es un espacio donde caben más cosas que las que se le presumirían y tanta tierra del Douro como encierren las barricas y botellas que allí reposan. Pero lejos de ascender como la efervescencia incombustible de una copa de espumoso, los secretos que allí se revelan lo hacen, literalmente, de arriba hacia abajo, como un pastel upside down o la gravedad con la que se maneja en vino en muchas bodegas de elaboración.

Aquí no hay bodega como la imaginaríamos, pero sí hay burbujas. ¡Cuántas burbujas! No en las botellas, pero sí en los maestros de su hacer que unieron sus destinos con la chispa de una copa flauta.

Porque fue en las Caves Trasmontanas, especializadas en la elaboración de vino espumoso en el Douro, y célebres por su Vértice, donde las burbujas juntaron hace décadas los caminos de Celso Pereira y Jorge Alves, cuando el último fue a trabajar allí alrededor de 1992 después de concluir sus estudios en enología. El clic y la complicidad fueron inmediatos, desarrollando no sólo una óptima relación de trabajo, sino, más importante, una de amistad que se prolonga hasta hoy.

Aquellos primeros encuentros encendieron, además, la chispa del sueño y propósito de construir una empresa juntos, una idea que el tiempo, lejos de apagar, hizo arder con mayor pasión y efervescencia, aunque por mucho tiempo permaneció como asignatura pendiente en la agenda de ambos elaboradores.

Cada amigo enólogo siguió su rumbo con otros proyectos profesionales, pero sin olvidar aquella motivación de hacer confluir sus caminos otra vez. Los años pasaron, los proyectos crecieron, hasta que un par de años más tarde decidieron poner en ebullición todos aquellos esbozos de proyecto de vino en común que estaban diáfanamente claros en la cabeza y bien esbozados en el papel.

Así que cuando determinaron concretar la empresa y poner manos a la obra, con el mapa del Barón de Forrester por GPS se dedicaron durante tres años a recorrer las subzonas de Cima Corgo y Douro Superior en busca de los suelos, las altitudes, las exposiciones solares, los injertos y las uvas correctas para realizar microvinificaciones y determinar así cuál era y dónde estaba la materia prima óptima para dar forma a los vinos que tenían bien delineados en la imaginación.

Porque primero que todo era la viña y si en Alijó hallaron la frescura y el cuerpo para los blancos, en el valle del río Tua encontraron uvas guerreras y resistentes, con mucha luz en verano, lluvia, sol y temperatura para elaborar vinos con potencia. Hallaron todas las condiciones en una quinta precisa, pero con vides que no estaban en las mejores condiciones y que hubo que re-estructurar antes de empezar a producir.

Pereira aportó a la ecuación su experiencia elaborando blancos, rosados y espumosos, y Alves, sobre todo, la de tintos. Cuando ya supieron cómo armar el rompecabezas del vino que querían embotellar, plasmaron en una etiqueta un diseño lineal del Douro y sus afluentes mostrando en vertical, como una cepa, el mapa horizontal con el que Forrester marcó la gran diversidad topográfica y varietal que ofrece el Douro, lo que terminó convirtiéndose en la etiqueta de los Quanta Terra.

Un sólo vino bastó para comenzar. El Quanta Terra Gran Reserva Tinto 1999, al que luego siguió un Quanta Terra Gran Reserva Branco, precediendo lo que, a partir de 2006, sería una expansión de la gama de reservas. Después apareció un rosé y, más tarde, algunos más, que pronto se volvieron referencias ícónicas de la región. Sólo con uva ajena y sin bodega propia. Porque el proyecto Quanta Terra es una suerte de bodega “virtual”, un negocio que no existe físicamente a nivel de elaboración, pero que produce vino, aunque sea un concepto difícil de mantener, únicamente viable gracias a la lealtad de los suplidores de uva y de los responsables de las bodegas que se alquilan para la elaboración. Casi como esos ghost kitchens donde la comida se prepara en un lugar y se sirve en otro, con la diferencia de que los transformadores de uvas no son cocineros anónimos, sino que tienen un pedigrí más que respetado y un control de toda la etapa productiva del vino, desde la selección de uva hasta la crianza del vino, aunque parte del proceso lo realicen en viñas y bodegas que no les pertenezcan.

¡Cuánta tierra, vino y pasión en una casita!

 

Lo que sí les pertenece es esa casita de color ocre que reformaron con dedicación y mimo para convertirla en el hogar de Quanta Terra, una zona donde acoger a quienes quieran conocer el proyecto y probar sus vinos.

Cuando estás ahí, además de la uva, a cada sorbo se siente el piar de los pájaros que rompen el silencio. El calor del sol que templa el fresco del invierno cada vez más templado en el Douro. El azul del cielo, la curvatura del río, la escalera al cielo hecha en pizarra, la casa antigua y las maderas exóticas.

Engaña el tamaño de esa casita que parece pequeña, pero que en los años 1950s cobraba gran importancia por ser una de las destilerías que había en el Douro. Porque al demarcarse la región en 1756 también se reguló su producción de aguardiente y para la década del 1970s era la Casa do Douro la que controlaba su producción. Se definía qué podía hacerse con las uvas y los lugares donde se cultivaban, y en las destilerías había cubas de recepción de vino y alambiques para elaborar aguardientes.

Primero se usaba leña, luego aceite, pero ni la leña ni el aceite para alumbrar y encender pudieron evitar que la Casa del Douro quebrara y que, con esa quiebra, las destilerías vinieran a menos y sus estructuras sucumbieran al deterioro. Esto permitió que en 2015 el proyecto Quanta Terra adquiriera el edificio donde estaba la destilería, para emprender un proceso de rehabilitación que terminó en 2021, permitiendo abrir el local al público en 2022.

De antaño queda el color original de las casas del Douro y las cubas de aguardiente que por los 1950s se revestían con losetas de vidrio para facilitar la limpieza. Brillan, llaman la atención con su matiz casi nacarado en el recorrido para abrazar toda la tierra de Quanta Terra y los blancos, tintos y rosado que de ella exprimen Alves y Pereira.

De arriba hacia abajo en un tránsito que va de las oficinas administrativas hasta la sala de catas y un área de barricas enmarcada en piedra y rodeada del arte que siempre ha admirado la bodega. En el camino se atraviesa también la historia del Douro y del edificio, de la demarcación regional de 1756 y cómo ésta, además de tener una vocación protectora de la calidad y el territorio vinícola, perseguía también ser un aliciente para que la gente apostara por permanecer en la región dedicándose a su vino en lugar de trasladarse a Lisboa para revitalizar la ciudad tras el gran terremoto que asoló la ciudad en 1755 y que motivó un gran éxodo rural.

En el recorrido un escolta de lujo, Pedro Alves, hijo de Jorge, y nuevo sarmiento de Quanta Terra, siempre con detalle, pausa y, al igual que su padre, una perenne sonrisa que hace más gratificante al vino y favorece la continuidad del proyecto con su buena preparación en enología y don de gentes. Una disciplina en la que se introdujo por elección y pasión, no por la obligación que le imponía el ser hijo de quien es, y que desarrolla con energía y alegría, así como con respeto por la tradición, la herencia, el Douro, la uva y el vino, no sólo en este proyecto, sino en todos los otros en que es mano derecha de su progenitor.

 

 

 

 

 

Pedro Alves

El Quanta Terra Gran Reserva Tinto fue con su añada 1999 la piedra angular de Quanta Terra. Es el paradigma del Douro, de sus variedades de uva y de la empresa. Grandes Reservas y una gama de vinos que apuesta por largas crianzas para alcanzar su cénit y se organiza en una trilogía de conceptos: las Ediciones Especiales, los Quanta Terra y los Terra a Terra.

El vino ensambla Touriga Nacional, Sousão y Touriga Franca de suelos con predominancia de esquisto, envejeciendo unos 18 meses en barricas de roble francés antes de embotellar. En su añada 2021 el vino mostró ya alguna evolución y recuerdos a lavanda, grafito, fruta roja y algunas notas especiadas, destacando por su textura y mayor cuerpo en boca.

Por su parte, el Quanta Terra Grande Reserva Branco 2022 ensambla Gouveio, Viosinho y Rabigato que envejecen entre 15 a 16 meses en barricas de 500 litros de roble francés íntegramente nuevo. Desde la nariz se percibe su mayor estructura como vino, pero también una gran finura y delicadeza, con salinidad, más volumen en boca y un punto vegetal.

Más tiempo de elaboración lleva el Quanta Terra Manifesto, un top inspirado en la elegancia de los vinos franceses, aunque no en su precio, muy correcto y concentrado. Su añada 2018 fundió Touriga Nacional con un 10% de Sousão, una variedad que la bodega acostumbra a incorporar en sus vinos top. Con persistente e intensa fruta en nariz y especiados, el vino tuvo aún taninos por domar, signo inequívoco del largo recorrido que aún le espera.

El Quanta Terra Golden Edition Branco apuesta por una muy larga crianza de siete años en barrica de una selección de las mejores uvas de Gouveio y Viosinho. En su añada 2017 el vino se mostró dorado, con aromas frutales a ciruela claudia, florales a mimosa, un super sutil velo de toffee y un pase por boca untuoso, largo, con buena acidez y final seco.

Blanco también el Quanta Terra Family Edition Branco 2007, un vino conmemorativo de los vínculos iniciales del proyecto con las facilidades de Quanta Terra. Mayormente elaborado con Arinto, la idea original era hacer un espumoso, pero, para no entrar en competencia con los espumosos que ya elabora Pereira para otra bodega, prefirieron dejarlo como un vino blanco. 

Más largo aún es el envejecimiento del Quanta Terra Inteiro, un tinto que tarda 10 años en salir al mercado desde la recolección de sus uvas. De éstos, cinco y medio los pasa en barrica, cuatro en depósitos de cemento y medio en botella. Ensamblaje de Tinta Roriz con un 10% Sousão, al vino casi se le trata como a un vino de Oporto, con tres remontados al día. El Quanta Terra Inteiro en su añada 2014 mostró un vino vivísimo en boca, con fruta más evolucionada en nariz, recuerdos aromáticos a compota de fruta, guinda en licor, mayor concentración y estructura en el paladar, donde ofreció perspectivas de finura, reflejando un punto salino y una fruta más evolucionada, en un pase por boca aún con alguna tanicidad, pronóstico para una vida aún más prolongada.

A la oferta excepcional en blanco y tinto, hace unos años Quanta Terra añadió un rosado, el Quanta Terra Phenomena, un vino que nació fruto de la curiosidad de sus hacedores de crear algo con la variedad Pinot Noir. Uno de sus asociados de viña compró una parcela de esta variedad caprichosa y comprometió su suministro al del resto de las uvas. Pereira y Alves pensaron inicialmente elaborar un tinto con ella, pero el vino anhelado se hacía de rogar ya que las elaboraciones experimentales resultaban insulsas tanto a nivel de carácter varietal, como de la poca expresividad de la personalidad del Douro. Ante el rechazo a convertir a la Pinot Noir en uno de esos vinos espumosos que Pereira tan bien domina, estuvieron dále que dále hasta que lograron vestirla con atuendo de excelso rosé, seco y pálido como el que buscaban, tan logrado que en 2020 mereció ser seleccionado mejor vino rosado de Portugal.

Para lograr esta versión se prensa muy poco y realizan fermentación maloláctica a la mitad del vino para ganar volumen en boca, lo que se hacen barricas de madera nueva de 500 litros con tostado leve, para ayudar al proceso. El vino envejece seis meses en tres tipos de recipientes, una parte roble francés usado, otra en nuevo y la tercera en depósitos de acero inoxidable. En su añada 2021 se mostró súper aromático, con mucha fruta y flores blancas, tonos minerales y un delicado punto a jengibre que se deslizó por el paladar con untuosidad, delicadeza y aún con buena acidez.

Pero aunque el paradigma tinto de la Pinot Noir aún no ha logrado concretarse, además del rosado el proyecto elabora el Wild Pinot Noir, un subproducto del Phenomena que surge cuando el mosto de éste se torna muy oscuro. Cuando esto acontece, explica Pedro Alves, se sacan las uvas de la prensa y se pasan a un lagar, realizando una especie de “lasaña de uva y hielo seco” para producir un vino con poca intervención, usando levadura natural y un mínimo de sulfuroso, que luego pasará un año en barrica. En su añada 2023 el Wild Pinot Noir se mostró diametralmente diverso al Phenomena, con un color más intenso y mayor volumen en boca, pero con más parca fragancia, algo de tanicidad y mayor estructura.

Si la gama Quanta Terra es la más top, más de entrada es la de los Pouca Terra, vinos cuyas primeras añadas datan de alrededor de 2016 y que tienen versión en tinto y en blanco, enfocándose la gama en vino que resalten la fruta primaria e intensa, aunque no por ello dejen de expresar lo que relata la tierra duriense.

El Pouca Terra Branco 2023 ensambló Moscatel Galego al 80% sazonado com Viosinho y Rabigato. Un vino de altura para mantener la acidez y compensar la poca expresividad de la moscatel. Este vino se mostró floral, aromático, con buen final, aunque más breve, siendo fácil y fresco, sin ser pretencioso.

El Pouca Terra Tinto 2022 fue pletórico en su fruta con un abundante cassis, recuerdos a jugosa frambuesa y una pizca de humo. Un vino que no tiene contacto con la madera y que presenta una fruta redonda, pulida en boca y sin aristas.

El Cota 600 fue un vino delicioso, freso y más joven que unió a la Tinta Amarela (Trincadeira) con algo de Touriga Nacional. Bajo alcohol, apenas 12.5% en un tinto, su fruta se percibió fresca y más fina, con un pase por boca delicado, con un cuerpo esbelto. En su añada 2021 este muy elegante tinto pasó cuatro meses en barrica nueva para mostrar inequívocamente la interpretación de un vino de altura, más fresco y fino.

Terra a Terra tiene también versión blanca y tinta, enfocadas en concentración con buena acidez. El Terra a Terra Reserva Branco 2023 vuelve a apostar por la Viosinho, la Gouveio y la Rabigato, pero con Códega de Larinho, una variedad más aromática y resistente. La mitad del lote pasa seis meses en barrica, 10% de la cual es nueva. Fruta blanca, con apenas una pizca que revela la crianza en madera, y una boca amplia, fresca, larga y sutil delinean a este vino. El Terra a Terra Reserva Tinto 2023 pasó un año en barrica y reveló mucha fruta madura con recuerdos a especias, grafito, algo de aceite de oliva, tostados y flores rojas, antecediendo una boca envolvente, fina y pulida.

Como el vino es arte, Quanta Terra ha realizado varias ediciones especiales con la artista Joana Vasconcelos, además de exposiciones de arte que se integran al espacio, un wine and art literal en esta época en que vivimos una hemorragia de wine and paint. Son imágenes más que atractivas al enoturismo, una vocación con la que surgió esa casita sin bodega, aunque el grupo no descarte construir una bodega propia para convertirla en una casa que abrace a toda la mucha tierra del Douro y a todos quien abracen a esta tierra como casa de todos.

¡Cuánta tierra, cuántos amigos, cuánto cuidado, cuánta pasión y amor por el vino y el Douro!

 

15 de julio de 2025. Todos los derechos reservados ©

 

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Texto: Rosa María González Lamas. Fotos: Viajes & Vinos y Quanta Terra ©