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Pero además de la historia plasmada en sus estructuras, Ataíde tiene como valor en el tiempo una esmerada vocación vitícola que en la década de 1970 permitió renacer a la entonces casi extinta Touriga Nacional, hoy variedad insignia de Portugal, que entonces se replantó en la Quinta utilizando material injertado con cepas previas a la Segunda Guerra Mundial, sirviendo la viña de Ataíde como el vivero del que salió la Touriga Nacional que se replantó en el Douro.

En la década del 1980, siendo la Quinta do Ataíde propiedad de la casa Cockburn’s, esta empresa de vino de Oporto   ---pionera en plantaciones monovarietales y en agricultura biológica---   determinó honrar el quehacer que su enólogo y viticultor John Henry Smithes había hecho medio siglo antes, estableciendo formalmente en la Quinta do Ataíde una viña experimental para proseguir su labor de investigación.

Era para vino de Oporto que se destinaban las uvas de la Quinta, que en 2006 adquirió la familia Symington, precisamente porque veía en ellas un gran potencial para elaborar vinos de mesa en el Douro. Así cambió el destino de las uvas de Quinta do Ataíde, que aunque mantienen la licencia para elaborar vino de Oporto, destinan hoy su producción a la elaboración de vinos tintos que reflejan no solo las particulares condiciones climáticas de la Quinta, sino también la particular expresión de algunas variedades en esas condiciones.

Las cepas se han plantado en tres ciclos: las plantadas a inicios de la década del 1980, las que lo hicieron alrededor de 1998 y las plantadas a partir del 2000, todas manejadas para prolongar su vida y cultivadas de manera orgánica y sin uso de herbicidas, de lo que son espejo los tréboles y leguminosas intercalados en el suelo, así como la alfombra de margaritas que los pinta.

Y es que, protegida a vuelta redonda por sierras de montaña que la convierten casi en una olla, Quinta do Ataíde es una quinta modélica y un referente en viticultura en el norte de Portugal. Las mediciones de campo y la observación son cruciales para el éxito de la producción, distribuida en parcelas bien identificadas y con tratamientos específicos, según el objetivo de las uvas cultivadas en cada una.

Touriga Nacional y Touriga Franca son las grandes protagonistas del viñedo, en el que también hay Tinta Roriz, Alicante Bouschet y Tinta Barroca. Los suelos son de esquisto y arcilla, algo singular en el territorio, y en ellos hay sondas de humedad que proporcionan datos valiosos para un mejor control del estrés hídrico y el riego.

Los drones son otro vehículo empleado en la observación y manejo de la viña, como por ejemplo sucede cuando se identifican zonas más frondosas que indican se debe de cerrar el grifo del riego, de manera que las maduraciones se hagan más uniformes.

Esto es particularmente favorable a la hora de vendimiar, ya que se intenta sacar el mayor partido de la mecanización en viña a lo largo del ciclo vegetativo, y particularmente útil a la hora de la cosecha, porque permitir recoger la uva en su punto óptimo, algo que no siempre es posible cuando hay que asegurar la disponibilidad de mano de obra para ello.

Pero la gran alhaja de la viña llegaría en 2014 cuando los Symington determinaron plantar en Ataíde una extraordinaria viña experimental con 53 distintas variedades de uva   ---29 tintas y 24 blancas, de lo puntero a lo tradicional y en su mayoría portuguesas---,  para conocer su comportamiento en distintas condiciones de orientación hacia los cuatro puntos cardinales, edades de cepas, suelo o insolación, algo que está resultando muy valioso en el contexto del cambio climático.

Frente a frente se miran las hileras de variedades, las mismas a lado y lado para poder entender similitudes o variables de comportamiento conforme su ubicación. Es un vergel de espalderas con nombres familiares como Touriga Nacional, Syrah o Chardonnay, y otros más desconocidos  como Casculho, Cornifesto, Folgasão o Dorinto. Cepas que se vinifican para conocer lo que dan y a las que tal vez se añadan otras variedades nuevas.

Del fruto de las viñas no experimentales salen dos etiquetas tintas: Quinta do Ataíde y Vinha do Arco. La primera, que en su etiqueta tiene dibujada la casa de la Quinta, ensambla Touriga Nacional y Touriga Franca de las parcelas con suelos más arcillosos y es un vino tan fresco como estructurado, reflejando el terroir y su particular clima. El Vinha do Arco proviene de un viñedo homónimo donde solo hay plantada Touriga Nacional y es un vino con gran potencial de guarda que retrata el carácter de esta variedad en este viñedo. Los vinos envejecen en barricas de roble francés por un período de entre 10 y 12 meses.

No se producen, de momento, vinos blancos, pues las altas temperaturas del Vale de Vilariça no conocen de términos medios y plantean un gran reto para las variedades blancas ya que o bien queman las bayas o forzarían vendimias muy tempranas.

Quinta do Ataíde se extiende por unas 225 hectáreas de las que 112 son de viña. En 2016, los Symington adquirieron la Quinta do Carrascal, adyacente a Ataíde, a la que la incorporaron, duplicando casi su extensión. En Carrascal la bodega cuenta con una estación biológica propia.

La elaboración de los vinos de Ataíde se realiza fuera de la Quinta, donde actualmente se construye una bodega puntera que se espera esté terminada para 2021 y en la que se centralizará la vinificación de los vinos tranquilos. La bodega trabajará por gravedad y será sustentable, con una cubierta vegetal que ayudará a la retención de agua para su reutilización, recurriendo también a energías renovables para su funcionamiento.

Circundando la Quinta de Ataíde había un importante tesoro de olivos viejos que se han ido replantando para la elaboración del fantástico aceite de oliva extra virgen que nace en la Quinta a partir de variedades de aceituna como la Cobrancosa o la Negrinha de Freixo. Testimonio de la historia produciendo aceite es una antigua almazara con lagar y prensa ubicada en la estructura adyacente a la Quinta, un territorio más bien plano, pero cuyos vinos destacan por su elevada calidad, que les equipara en altitud a aquellos cipreses que destacaban por sobre la calima y al antiguo y noble linaje de los Ataíde, que extendió su nombre por España y Portugal. ¿O tal vez a la celebridad del corsario portugués del siglo XV Pedro Ataíde, quien muchos creen era la verdadera identidad de un descubridor que se hacía llamar Cristóbal Colón?

 

24 de abril de 2020. Todos los derechos reservados. ©

 

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Adentrándose por el Valle donde antaño se cultivó tabaco, jugando al esconder se llega a Ataíde. Cruzando las lajas de un riachuelo, atravesando un carrascal, escuchando el trino de los pájaros bajo un cielo intensamente azul y acompañando viñas con suelos pródigos en flores que desembocan en una de las quintas históricas del Douro Superior.

Paredes blancas, aleros con tejas, un tamaño sucinto, una arquitectura más bien sobria y una escalera de piedra en su fachada describen a la casa principal de la Quinta do Ataíde, una casa de campo del siglo XVIII que desde entonces ya estaba rodeada por viña y olivares.

No es de extrañar, pues la ubicación de la Quinta le creó un terroir favorable y singular dentro del Vale de Vilariça, con un clima más seco y caluroso que el resto del valle, además de con suelos de esquisto, pero también arcilla, que le confieren una singularidad entre los del Douro.

 

Como el árbol de Navidad de la Casa Blanca o el Rockefeller Center, los cipreses se divisan erguidos como rascacielos en medio de las viñas, faros verdes y espigados entre la calima matinal que pinta un retrato diluido del paisaje en el que casi lo único que se percibe son esos árboles, la pizarra despedazada de los bancales y los bordes de la viña casi rozando al río.

A semejanza de un concierto que empieza con violines y gana poderío al unirse todos los instrumentos de la orquesta tocando a puro vapor, el río Douro se extiende hasta llegar al Valle de Vilariça, para derramarse en un espacio de contrastes planos donde la geología antediluviana dibuja y condiciona el terroir que servirá de fundamento a algunos de los vinos que tienen allí su génesis.

En la falla tectónica de Vilariça se concentra el secreto del clima y los suelos que delinean muchos de los vinos del Douro Superior. Ahí comienza la meseta ibérica, antaño la más alta de Europa, más alta incluso que la cordillera de Himalaya, que permite la entrada de los vientos de España, lo que hace a Vilariça una zona de temperatura más cálida. Allí empiezan a fundirse España y Portugal, pero también a dividirse los suelos de la región. Un norte dominado por el granito, y un sur con el esquisto como personaje principal. Y esta complejidad de suelos, con zonas aluviales y zonas de transición entre cada una caracteriza al Vale de Vilariça, donde hace 30 mil millones de años comenzó a deshacerse el hielo del Sur, dando paso a la flora, pero también a aguas minerales que surgen cada vez que la placa se mueve.

 

Postales del Douro

Quinta do Ataíde: un vergel en el Douro Superior

 

Fotos: Viajes & Vinos (C)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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