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CATA: Rioja Vega Tempranillo Blanco

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En 1988, Jesús Galilea trabajaba su viña riojana de cepas viejas de tempranillo cuando se percató de que en una de las cepas todos los pulgares presentaban sarmiento con uva tinta, excepto uno que produjo racimos con bayas blancas. Sabio viticultor, con cuidado podó el racimo, asegurándose de dejar el pulgar, del cual posteriormente nacieron dos yemas. Pero además de eso, Galilea compartió su fortuito hallazgo con el Centro de Investigación y Desarrollo Agrario (CIDA) del Gobierno de La Rioja que, poco después, lo plantó y reinjertó para estudiar el comportamiento de esta nueva variedad de vid.

La tempranillo blanco es una mutación genética natural del tempranillo tinto que se produce debido a alteraciones en los eslabones de los genes responsables de adscribir color a la baya. Se presume que esto se debe a factores ambientales.

El que la tempranillo blanco se reproduzca como planta asexual, a través de un único sarmiento por multiplicación vegetativa, permite que se mantengan los genes idénticos, como un solo clon.

En 1993, y luego de observarse la estabilidad de los caracteres de la variedad, es decir, que la mutación no se había revertido, se comenzó a multiplicar hasta disponer de un centenar de plantas para estudiar su comportamiento vitícola y valorar su aptitud para usarse en la elaboración de vino.

En el propio CIDA se hicieron las primeras elaboraciones, y a los pocos años empezaron a hacerlo las bodegas, especialmente motivadas por el hecho de tratarse de una variedad autóctona riojana, y por la apertura de la DOCa Rioja a más variedades para potenciar la elaboración de vinos blancos.

Una de esas bodegas es Rioja Vega, una longeva casa riojana fundada en 1882. Aprender a perfilar a la tempranillo blanco ha tomado tiempo, pero la paciencia ha rendido sus frutos en el Rioja Vega Tempranillo Blanco Reserva, una etiqueta con la que se estrenó con esta variedad a partir de la cosecha 2014.

En su tercera cosecha, la del 2016, el vino revela también lo que la bodega ha ido aprendiendo con este vino que realiza su fermentación en barricas de roble francés. Tras ella, envejece también en barrica y en contacto con sus lías por unos seis meses, un período mucho menor a los catorce con que se estrenó en su cosecha fundacional. Esto aporta volumen, pero con gran elegancia. 

El vino anticipa su untuosidad desde la nariz, donde se revelan notas de jazmín, membrillo, fina almendra, delicada vainilla, un sutil hilo de humo, que luego da paso a recuerdos a fruta de hueso y melocotón maduro y un suave toffee. 

Pero a pesar de su buena estructura y su untuosidad que hace que se deslice envolvente por el paladar, en boca es fresco, goloso y salino. Un vino que destaca por su equilibrio, y donde el contacto con la madera durante su fermentación y crianza está presente, pero de forma contenida lo que le hace un vino tan complejo, como fino y elegante.

 

18 de febrero de 2018

 

Rosa Maria Gonzalez Lamas. Foto: Viajes & Vinos (C)