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El blanco de las estructuras contrasta con el gris plateado de la pizarra que pinta todo en la Quinta, los bancales, la viña, los techos y la calzada, que brilla como plata con el reflejo del sol. Ya refulgía también Vargellas dos siglos atrás como una propiedad de ubicación privilegiada en la parte más oriental del valle del río, que desde las primeras décadas del siglo XIX ya tenía fama de elaborar en ella alguno de los mejores Oporto de la región.

La residencia tiene partes que datan de esa era decimonónica, cuando Vargellas aún no era Vargellas como se conoce hoy, pero sí podía preciarse de una calidad indiscutible en su quehacer. La casa es blanca, como la bodega, y ambas se sitúan en el centro de la propiedad, cuya parte medular forma un gran anfiteatro de viñas dispuestas en bancales en la ribera izquierda del río, mirando al norte.

Décadas antes, cuando aún no se había cambiado de un siglo a otro, era toda una odisea pensar que podía desarrollarse un proyecto comercial de vino allí. No sería sino hasta el año de la Revolución Francesa que unas rocas enormes que bloqueaban el río para la navegación en barco se removieron, permitiendo llegar al extremo que hoy se conoce como Douro Superior, un Douro entonces nuevo y virgen del que la Quinta de Vargellas era casi uno de los límites.

Hay constancia de que para 1823 el primer propietario de lo que sería la génesis de esta gran quinta duriense ya exportaba vino a Inglaterra, donde se consideraba un “very fine wine” y era muy apreciado entre los conocedores.

Para entonces la Quinta de Vargellas no era la Quinta que se conoce hoy, sino apenas una parcela, Vargellas de Baixo, una de las tres que, como las partidas de vino, se ensamblaron antes de terminar el siglo, para hacer un todo superlativo. Vargellas de Baixo era la parte más baja, Vargellas do Meio, el medio, y Vargellas da Cima, la parte alta, que llegó a pertenecer a la familia de la Ferreirinha y también ya en la primera mitad del siglo XIX tenía fama de tener uvas de las que se producían vinos excelentes.

Pero todo eso comenzó a cambiar cuando la filoxera devastó las viñas del Douro, afectando también las de las tres parcelas que constituirán Vargellas que, para 1880 ya habían visto su producción disminuir drásticamente por la muerte de las cepas víctimas del infame insecto destructor. La extensión de la red ferroviaria alcanzó poco después a Vargellas, que sufrió la expropiación de parte de su superficie para construir la ruta del tren y una estación con parada allí. Con lo que hoy se consideraría información privilegiada, algo sobre su potencial debió de haber intuido el contratista del ferrocarril, Domingos Burguets, quien en el mismo año en que construyó la estación decidió comprar las parcelas de Vargellas de Baixo y Vargellas do Meio, que resultaron ser una buena inversión.

De 1886 a 1893 las parcelas se mantuvieron en sus manos antes de venderlas a la casa Taylor’s que, tres años después, en 1896 adquiría de la hija de la Ferreirinha la parcela Vargellas de Cima, asegurando el triángulo de terrenos que constituiría la Quinta de Vargellas que dio paso a la de hoy.

The Taylor’s Tailors

 

Al igual que las tres partes de Vargellas, los Taylor fueron una de las puntas de un triángulo de familias inglesas que fundieron su saber para construir una marca conocida por todos y, al igual que los vinos de Oporto, con la vocación de perdurar por muchas generaciones.

Si los orígenes de la empresa pueden remontarse a fines del siglo XVII, fue sólo tras la invasión napoleónica a la Península Ibérica en el siglo XIX que el apellido Taylor se adhirió al proyecto comercial del que luego John Taylor se convirtió en único propietario, determinando enfocarse en exclusiva en la elaboración de vino de Oporto, dejando de lado otras mercancías que la firma, antaño con otro nombre y otros accionistas, había comenzado a comercializar durante la crisis de la invasión.

Como todos los buenos sastres, el objetivo de Taylor era consolidar la imagen de calidad de la empresa y en esa tarea fusionó su conocimiento al de otros dos comerciantes ingleses de vino, Morgan Yeatman y el Barón John Fladgate, creando en 1838 Taylor Fladgate & Yeatman. Apasionado de la viticultura, Fladgate se dedicó a potenciar la calidad de los vinos desde la viña y Yeatman, su parte comercial.

Acostumbrados quizás a surcar las aguas turbulentas de aquella invasión a principios de siglo XIX, a fines de la misma centuria, los propietarios de Taylor, Fladgate & Yeatman se arriesgaron a comprar la Quinta de Vargellas, en aquel 1893 en un estado ruinoso tras la filoxera. Tanto, que los documentos de la época decían que de toda ella apenas se producían cuatro pipas de vino. Una cantidad irrisoria.

Pero viendo más una oportunidad a largo plazo que una desgracia momentánea, la empresa comenzó un proceso de restauración para resucitar el esplendor que antaño tuvo esta Quinta. Fue así que lo primero que hizo fue agrupar las tres parcelas  ---Vargellas de Baixo, do Meio e da Cima---  en un solo proyecto de quinta, el que hoy conocemos como Quinta de Vargellas.

Fue el ángulo Yeatman el responsable de la tarea colosal de recomponer la Quinta. Frank Yeatman, quien dirigió la empresa durante casi toda la primera mitad del siglo XX, comenzó el esfuerzo, reconstruyendo o construyendo bancales y replantando viñas con pie americano, lo que pronto comenzó a multiplicar los volúmenes de producción de vino. Tanto empeño puso, que en apenas 15 años ya se pudieron elaborar nuevamente Vintage Ports, gracias a que las uvas habían alcanzado la calidad imprescindible para la que muchos perciben como la non plus ultra de las categorías de vino de Oporto.

Luego Dick, el hijo de Frank, un profesional del vino formado en viticultura, plantó en 1927 y en 1935 dos terrazas monovarietales en la viña, siendo un pionero en esta práctica en una región donde la viña vieja acostumbra a ser un verdadero rosario de variedades de uva en convivencia, muchas en la propia viña y la gran mayoría en la botella. Una existencia en solitario que sirvió para crear una colección histórica de uvas que permitió su microvinificación para adquirir un conocimiento singular sobre el comportamiento de algunas de las variedades más clásicas de la región, y entender el porqué de la cofermentación de castas a la hora de elaborar el vino de Oporto.

En los 1970s se construyó una presa en el río Douro que hizo aumentar el nivel de sus aguas, sumergiendo Vargellas de Baixo y obligando a desarrollar algunas de las partes más altas de la Quinta. Esto dio paso en esa y la siguiente década al rediseño de algunas partes de la viña, empezando a optimizar la localización de las distintas variedades de uva.

Quinta de Vargellas antes de la construcción de la presa en 1970

Si en los setenta se perdió la parte de Vargellas de Baixo, en los noventa la empresa adquirió otra finca, la São Xisto, al oeste de la Quinta. Esta viña se expandió con la compra de otra parcela más grande, para hacer entre ellas y las otras acopio de una gran superficie que cuenta con unas 60 hectáreas de viña y otras seis de olivar.

En la parte más occidental de la Quinta y a bastante altura sobre el río y muchas viñas, la bodega construyó un mirador en forma de pagoda para celebrar un acontecimiento familiar del siguiente presidente de la empresa y sobrino de Yeatman, Alistair Robertson, que ha quedado como telescopio de la distribución de la Quinta y su relación con el río.

Desde ese “Ruby Folly”, al que se llega por un sendero de vértigo impregnando de margaritas, se admira el olivar viejo, se ve la vía del tren y la imagen de los nuevos modelos de viticultura, se distinguen los distintos tipos de conducción de la viña, y también se divisa una de las joyas de Vargellas, la Viña 27, donde el esquisto pinta casi monocromático de tono grafito el paisaje, un retrato de la crudeza del suelo y el terroir que dio pie a aquellas plantaciones monovarietales en la región.

Esos bancales de viña vieja, alguna más que centenaria, son la médula de Quinta de Vargellas, y de uno de los Oporto Vintage más cotizados, el Vargellas Vinha Vella Vintage Port. En su mayoría son field blends, es decir, una conjunción de variedades, algunas de las cuales hoy son verdaderas rarezas que hay que trabajar por tracción animal y usando herbicidas si fuera menester, ya que la bodega prefiere no cambiar a un trato 100% ecológico ante la posibilidad de que altere el equilibrio logrado con esas viñas viejas, imposibles de recuperar.

Pero en el vecindario de viñas y olivar que hay en Vargellas, esta viña antiquísima convive otras viñas plantadas en vertical, y otras que permitieron desarrollar el nuevo modelo de viticultura sostenible para el Douro que el Director Técnico del grupo Taylor, David Guimaraens, presentó en 2002 a partir de dos preguntas.

La primera. ¿Tiene o no un bancal de piedra? Si lo tiene no se destruye y si hay que replantar se reconvierte para permitir un mayor espacio para el trabajo. Si no tiene bancal, se analiza el grado de la pendiente de la viña y la segunda pregunta es, ¿de cuánto es la pendiente? Si la inclinación es menor a 35 grados el método de conducción será la viña en vertical, la vinha ao alto. Pero si supera esa cifra, la viña se trabaja en patamares, utilizando un tractor que se guía por láser para asegurar las escorrentías adecuadas del agua, lo que permite destruir las malas hierbas mecánicamente, en lugar de con químicos. Esta ingeniería de alta precisión en terrazas con una sola hilera de vides se concibió para evitar daños ambientales, especialmente la erosión del suelo, asegurando una producción costo eficiente y sostenible, sin sacrificar la calidad en el vino de Oporto.

Esta nueva visión para las viñas y la devoción por el terroir va en sincronía con la vocación vanguardista de Taylor’s, que en de la mano de Dick Yeatman en 1934 creó el primer vino seco Oporto Chip Dry, y, en 1970, estrenó el primer Late Bottled Vintage.

Para las creaciones en botella, la bodega, una estructura aledaña a la casa principal a las vías del tren, que engaña con su imagen antigua, de techos altos a dos aguas, porque en realidad funde lo mejor de épocas pretéritas con la innovación a la que se ha visto sujeta el mundo del vino, especialmente tras la pandemia del COVID.

Un recinto pintado de blanco contrasta en su interior con los tonos castaño de los enormes y viejos toneles de madera en que reposan los vinos y que ocupan una enorme parte del espacio. Hay también lagares de granito, depósitos de acero inoxidable, en niveles, para operar por gravedad.

En 1999 Taylor’s creó una nueva estructura en São João de Pesqueira, una bodega moderna y grande que permitió fundir los talentos de todas las quintas en un mismo espacio productor, multiplicando en volumen y con eficiencia la gran calidad individual que se ensambla junta en botella.

Costó aderezar ese espacio novel que requirió desmontar y montar las grandes cubas que había en otras bodegas, pero quizás más importante fue crear prototipos de cubas circulares con un innovador sistema de maceración asimétrica, que tras la pandemia fue beneficioso para reproducir mecánicamente las pisas a pie en un lagar, de manera cronometrada y sin necesidad de contacto físico entre los equipos, nuevos protocolos post-Covid que muchas bodegas elaboradoras de vino de Oporto empezaron a abordar. Una mecanización muy distante del ingenio que tenía que emplearse décadas antes en la bodega antigua de Vargellas a la que la electricidad apenas llegó en 1976.

Unas 80 personas trabajan en vendimia la Quinta y para que se dediquen íntegramente al proceso disponen de una casa para ellos donde pueden dormir, comer y hacer una vida cotidiana que facilite la recolección de la uva y la elaboración del vino. Durante el día en Vargellas se recogen las uvas y se llevan al lagar. Las primeras cuatro horas tras el traslado las uvas reposan y al empezar a caer la tarde, sobre las 7:30 se empieza la pisa a pie de los racimos sin despalillar y entonces hacen el corte. Tienen una hora para llegar hasta el centro del lagar y otra hora para regresar a sus extremos. Y así están pisando a veces hasta casi medianoche.

El primer día es el más importante por la extracción, pero a partir del segundo las pisas se mecanizan. Al tercer día se añade el aguardiente, abriéndose los lagares y juntando con mangueras mosto y aguardiente antes de ir a las cubas de madera. Los aguardientes proceden principalmente de Cognac, aunque también los hay de España o del propio Portugal. El tipo de Oporto a elaborarse determinará el tipo de aguardiente que se empleará en su fortificación.

Antaño, una vez se había fortificado el vino, éste pasaba su primer invierno en el Douro para viajar en primavera a Vila Nova de Gaia, más cerca del mar, donde el vino se integraría mejor con su aguardiente. En la segunda primavera se probaba para saber a qué estilo de vino de Oporto se destinaría.

Hoy una parte del vino sigue trasladándose a Gaia, pero el resto va a la nueva bodega de São João de Pesqueira a descansar. Allí hay 98 balseiros e incluso toneles de maderas exóticas. La bodega dispone de dos equipos de tonelería que tardaron un año y medio en desmontar y montar los recipientes que se trasladarían a la nueva bodega en el corazón del Douro.

Para ciertas categorías de vino de Oporto la bodega compra uva a unos 74 viticultores, y sólo en las más premium toda la uva debe de ser toda de viña propia. Es el caso de los que llevan etiquetado el nombre de Vargellas, como el Oporto Vintage Vargellas Vinha Velha, la quintaesencia de Vargellas, cuyas uvas proceden en exclusiva de una selección muy estricta entre las viñas más viejas de la Quinta, plantadas en terrazas que han permanecido prácticamente intactas, buscando expresar un terroir antiguo e irrepetible.

Los vinos de Quinta de Vargellas se destacan por su elegancia y compleja expresión frutal, perfumada, y con taninos bien integrados. En los años declarados Vintage clásicos, Taylor’s combina los mejores vinos de esta Quinta con los de otras quintas de su propiedad.

Aquel Taylor’s Vargellas Vinha Velha Vintage Port 2017 al que diéramos una puntuación perfecta fue un Oporto soberbio y en extremo mineral en que el esquisto literalmente crujía con sus marcadas notas a grafito sazonadas con regaliz, un alto contenido frutal, un velo de humo y un final especiado, largo y profundo, en extremo elegante y con un equilibrio inigualable. Un perfil que sitúa al catador en el lugar de origen del vino, encajando con el antes descrito, que, en añadas precedentes de la misma referencia también destacaron por su enorme aromaticidad y frutosidad, en convivencia de dulzor y acidez, con el equilibrio una vez más por bandera.

Entre tantas viñas destaca también un olivar muy viejo del que, si antes se recogían las aceitunas para elaborar el aceite de oliva super premium de Taylor’s, el Quinta de Vargellas, ahora pasan a otros AOVE sobresalientes, pero elaborados a partir de las aceitunas de muchas quintas, dada la dificultad de cultivo y recolección y limitada producción del viejo olivar de Vargellas.

La calma está instalada en la piscina con el escudo de Taylor’s grabado en su fondo y en todo rincón de la Quinta, en reposo antes de comenzar el ciclo vegetativo, con sus naranjos y limoneros a rebosar de fruta que perfuma el entorno y pinta con pinceladas naraja y gualda el redor de casa y bodega, en puntos de entrada cercanos al andén del tren. Son limones tan dulces que casi pueden comerse como fruta sin precisar de azúcar, un dulzor bien dosificado que Taylor’s supo espolvorear en Quinta de Vargellas cuando hace más de un siglo la adquirió por partes bien quebradas, para convertirlas en un todo endulzado, convertido en néctar de Oporto. Como una escena de resurrección, que comprobó una vez más que en ese espacio colosal y sereno, el Douro se reveló una vez más como paradigma de la frontera entre lo divino y lo humano.

 

10 de enero de 2026. Todos los derechos reservados ©

 

 

 

 

 

 

 

Dos paradas antes de llegar a su destino final, el tren comienza a ralentizar su paso hasta detenerse para dejar bajar, casi como un suspiro, al único pasajero que se queda en esa estación.

El sol brilla radiante en un invierno cada vez más primaveral que se deja guiar por los aromas, como le pasa al vino. La parada, desnuda de estructuras con azulejos o de alguien que cobre en una taquilla, está vestida por un jardín de aromas que se percibe desde que se abre la puerta del vagón y se pone un pie en el andén, invadido por el perfume de romero que abunda en Vargellas, la joya de Taylor’s a la vera del río Douro.

Desde que hace unos años diéramos a ciegas la única puntuación perfecta que hemos conferido a algún vino en alguna cata o evaluación, Vargellas se convirtió en esa unicornio de curiosidad a orillas del tren y una meca por alcanzar en un peregrinaje por el Douro y sus quintas, a semejanza de los que se hacen con parada obligada en la Medina o el Vaticano, para poder ver esas viñas que coronan el paisaje del río como pinceladas de una Capilla Sixtina de uvas, hecha exclusivamente por la naturaleza, pero ayudada, como la de Miguel Angel, por la mano del hombre y el genio de Dios.

No hay cronómetro en ese espacio tan amplio como sereno que hiberna de actividad fabril en los primeros meses del año. Pero en esa calma aparente se siguen redactando capítulos de un libro de historia que comenzó a escribirse en el siglo XIX y ha ido dejando páginas visionarias para la Quinta de Vargellas y el Douro en general.

Postales del Douro

Vargellas: la joya de Taylor's

 

Texto: Rosa María González Lamas. Fotos: Viajes & Vinos y Taylor's ©